miércoles, 7 de marzo de 2012

Casa


Hoy se me apareció este poema:

No te aprendas la canción,
No te la aprendas;
Que este contigo y te busque
Cuando ella quiera.

Préstale oídos tan solo
Que no lo sepa;
No la mires demasiado,
No dejes señas.

Háblale de rato en rato
Con voz muy queda,
Como si ya sospecharas
Que no estuviera.

Nada le pidas ni tomes;
Que vaya y venga
Como la luz, como el aire,
Sin una letra.

No te aprendas la canción,
No te la aprendas;
Si quieres hacerla tuya
Tal vez la pierdas

(CANCIÓN I, Javier Sologuren)

Encontré este poema en una tarde de compra de útiles escolares, en la pagina 89 de un libro que me aguardaba entre camionadas de cuadernos, gomas, plumones y loncheras de Editorial Navarrete. Y es que mi encuentro con este poema es casi como la exacta definición de mi transito en estos días acabaditos de fenecer : de lo sublime a lo absurdo, de la cultura solidaria al mas compulsivo consumo, de Navarrete a sologuren. Distancia hasta el fondo mismo de la catalepsia.

Sin embargo pienso, creo, me justifico cual sologuren, en que es bueno alejarse de la canción de vez en vez, nunca es conveniente estar totalmente cerca, hay que dejarse extrañar por el poema, hacerse necesitar, provocar la aparición (si uno estuviera siempre cerca no podría producirse el milagro de la aparición). En días como estos puedo comprender mejor a cortazar cuando decía que el siempre seria un escritor amateur (o sea lo mismo que Javier), es decir eso de nunca asir totalmente a la poesía, porque la pierdes, porque la pierdes.

En vísperas del día internacional de la mujer, y como un preludio de lo que será el especial “Solo para Locas” este Domingo 11 en el pequeño programa, me provoca compartir la que para nosotros es el ejemplo de una voz bella. De muchos cantantes podemos decir que tiene una excelente voz, ¿pero de cuantos podemos decir que es una VOZ BELLA?. Soledad Giménez interpretando el poema de Pablo Neruda “Casa” del álbum “Neruda en el corazón” (2004)



Tal vez ésta es la casa en que viví
cuando yo no existí ni había tierra,
cuando todo era luna o piedra o sombra,
cuando la luz inmóvil no nacía.

Tal vez entonces esta piedra era
mi casa, mis ventanas o mis ojos.

Me recuerda esta rosa de granito
algo que me habitaba o que habité,
cueva o cabeza cósmica de sueños,
copa o castillo o nave o nacimiento.

Toco el tenaz esfuerzo de la roca,
su baluarte golpeado en la salmuera,
y sé que aquí quedaron grietas mías,
arrugadas substancias que subieron
desde profundidades hasta mi alma,
y piedra fui, piedra seré, por eso
toco esta piedra y para mí no ha muerto:
es lo que fui, lo que seré, reposo
de un combate tan largo como el tiempo