lunes, 20 de febrero de 2012

El Viejo Walt


WALT WHITMAN
Por: Henry Miller

Nunca he comprendido cómo se le pudo llamar: “el buen poeta gris”. El color de su lenguaje, su temperamento, todo su ser son de un azul eléctrico. Apenas le considero como poeta. Como bardo, sí. El bardo del porvenir.

No conozco ningún escritor cuya visión sea tan vasta, tan penetrante como la suya. Precisamente a causa de esta visión cósmica de las cosas, su mensaje no ha sido aceptado. Es todo afirmación. Está fuera de lo común. No reconoce ninguna barrera de ninguna clase; ni mala incluso.

Todos pueden hallar en Whitman algo con qué justificar su punto de vista. Pero, desde Whitman, nadie ha podido abarcar su pensamiento y superarlo. El canto del camino es algo absoluto. Trasciende los puntos de vista humanos y obliga al hombre a integrar el universo en su ser propio.

El poeta que hay en Whitman me interesa menos que el vidente. Acaso Dante es el único poeta con el que cabe compararlo. Mejor que cualquier otra individualidad, Dante encarna el mundo medieval. Whitman es la encarnación del hombre moderno, del que habíamos tenido hasta ahora sólo una vaga noción. La vida moderna no había comenzado todavía. Aquí y allí surgieron hombres que nos dieron vislumbres de ese mundo que iba a venir. Whitman no solamente dio el tono fundamental de esta vida nueva en el proceso de creación, sino que se comportó como si esa vida hubiera ya existido. Es un milagro que no lo crucificasen. Pero esto confina ya con el misterio que rodea su vida en apariencia transparente.

Cualquiera que haya prestado atención a la vida de Whitman, no habrá podido sino admirar la habilidad con que supo conducir su barca por las aguas revueltas. Nunca dejó el timón, nunca tuvo una vacilación, retroceso o compromiso. Desde su despertar –pues fue un despertar mejor que el simple desenvolvimiento de un talento creador- va hacia delante, sereno, firme, seguro de sí mismo y de su victoria final. Sin esfuerzo, se asegura la ayuda de discípulos benévolos, que servirán para amortiguar los golpes del destino. No vive sino para dar su mensaje. Habla poco, lee poco, pero reflexiona mucho. Sin embargo, no es una vida contemplativa la que lleva. De una vez para siempre, se halla en este mundo y vive para él. Es mundano en todas sus fibras, pero sereno, desprendido, amigo de todos y enemigo de nadie.

Insisto expresamente en este aspecto del personaje porque el propio Whitman lo expresó con mucha elocuencia –es una de sus exageraciones más reveladoras- es una obra en prosa; he aquí este pasaje: “Una raza bien nacida y bien educada, creciendo en buenas condiciones de armonía, actividad y desenvolvimiento interior y exterior, encontraría con toda probabilidad que vivir es suficiente, así sencillamente, y esto a causa de tales condiciones. En su contacto con el cielo, el aire, el agua, los árboles, etc., y los innumerables espectáculos cotidianos, igual que en el hecho de vivir en sí, descubriría y poseería la felicidad, hallándose día y noche bajo el imperio de un santo éxtasis, superior a todos los placeres que pueden dar la riqueza, las diversiones e incluso una inteligencia colmada por al erudición y el goce artístico.” Esta opinión, tan totalmente ajena al mundo llamado moderno, es absolutamente polinésica. Y a ese mundo es al que pertenece Whitman, mucho más allá de las más lejanas fronteras del mundo occidental, ni del oeste ni del este, sino reino intermediario, archipiélago flotante en el que podrían lograrse la paz y el bienestar, aquí y ahora.

Mantengo resueltamente que la perspectiva de Whitman no es americana, como tampoco china, hindú o europea. Es únicamente la de un individuo emancipado, expresada en el idioma americano más común, comprensible para las gentes de todas las lenguas. Aun cuando absolutamente americano, su lenguaje tiene un sabor que ya nunca se ha vuelto a dar y que, sin duda, no volverá a encontrarse. Universal en la misma medida de su unicidad, en este sentido, está nutrido de tradición. Pero Whitman, como he dicho, no respetaba la tradición; si forjó un lenguaje nuevo fue a causa de la originalidad de su visión y porque se sentía un ser nuevo. Entre el primer Whitman y el Whitman “despertado” no hay ninguna clase de parecido. Escrutando sus escritos antiguos, nadie puede descubrir en ellos los gérmenes de su genio futuro. Whitman se rehizo a sí mismo de pies a cabeza.

Advierto que, hablando de sus obras, he usado varias veces el término “mensaje”. Y ciertamente, en ellas el mensaje está tan implícito como explícito. El mensaje es lo que ilumina; quitad el mensaje y la poesía desparece. Puede decirse de él, como de Tolstoi, que hizo de su arte una especie de propaganda. Pero, si no es útil a la vida, si no está a su servicio, ¿no está el arte desprovisto de todo sentido? Whitman no es ni moralista ni fanático. Su proyecto es el de ensanchar el campo visual del hombre, conduciéndole al corazón de un lugar no geográfico en el que pueda hallar su propio camino. No predica, exhorta. No se contenta con decir su pensamiento: lo canta, lo clama triunfalmente. Si mira hacia atrás es para mostrar que pasado y porvenir se confunden. No ve mal en parte alguna: ve siempre a su través o más allá.

Se le ha llamado panteísta. Algunos han visto en él a un gran demócrata. Otros han afirmado que tenía una conciencia cósmica. A fin de cuentas, todo intento de clasificarle o encerrarle en una categoría no puede sino fracasar. ¿Por qué no admitir que es un fenómeno puro? ¿Por qué no convenir que carece de igual? No intento divinizarlo, a él tan hondamente humano. Si insisto en la unicidad de su naturaleza, ¿no es para mostrar el hilo que desatará las reivindicaciones misteriosas de la democracia?

Lugar al hombre es el título de un poema de su fiel amigo y biógrafo Orase Trabuel. ¿Qué obstáculos ha encontrado, pues, el hombre en su camino? Sólo al hombre. Whitman deshace todas las inconsistentes barreras detrás de las cuales buscó refugio la criatura Humana. Pone toda su confianza en el propio hombre. No es una demócrata, es un anarquista. Tenía fe innata en el amor. Ignoraba el sentido de la palabra odio, miedo, envidia, celos, rivalidad. Nacido en Long Island, establecido en Brooklyn al inicio de su carrera, desempeñó alternativamente los oficios de carpintero de edificios, empresario, y más tarde de periodista, tipógrafo y editor; y cuidó a los heridos durante la sangrienta guerra civil. Para terminar, se instaló en Camden, lugar poco brillante. Viajó por gran parte de América y sus poemas conservan sus impresiones, sus esperanzas, sus ensueños.

Ensueños grandiosos, en verdad. En sus escritos en prosa, da a sus compatriotas muchas advertencias, que ellos, naturalmente, desdeñaron. ¿Qué diría si viese la América de hoy? Supongo que sus imprecaciones serían todavía más apasionadas. Escribiría un mayor Hojas de hierba. Descubriría virtualidades infinitamente más vastas que las que entonces pudo apercibir. Vería “la cuna balancearse sin fin”. Después de su partida, nos ha sido dado los “grandes poemas de la muerte” de que habló y hemos vivido esos poemas. El poema de la vida aún tiene que vivirse. En la espera, la cuna se balance sin fin.

Escritores célebres. Barcelona. Editorial Gustavo Gili. 1967. Págs. 134-135.