lunes, 5 de diciembre de 2011

Con la necesidad de sobrevivir, de seguir en pie...

Decía el cantautor argentino, Alejandro del prado, que el artista tiene una marcada condición en su humanidad, condición o maldición, que es la capacidad para entrar y salir del infierno. Yo podría agregar que hay también unas ganas, una sed de vivenciar, una arrogancia de probarse en esa capacidad de entrar y salir del infierno. Volvía a decir Alejandro que si bien es cierto que vivir en el infierno no es ninguna novedad en estos tiempos neoliberales, hay algo que diferencia al artista del loco, al artista del hombre malo, al artista de aquellos seres que son solo números para el capital, que son solo materia prima para la maldad organizada, que ellos entran al infierno, si, pero ya no salen. Pero nuestra condición artística es entrar y salir, entrar y salir. Pero hay muchos que se queman en el trayecto de entrar y salir, hay muchos que se incineran, se evaporan, se consumen. Para nada es fácil esta condición obviamente.

Cuando era joven (porque valgan verdades ya no me veo así, y sobre todo el mundo ya no me ve así), alardeaba de ser un fiel representante de la filosofía Dostoievski : “No hay lugar lo suficientemente bajo ni elevado como para que yo no pueda ingresar”. Y si, es cierto, a mis 38 años puedo exponer sin mucho esfuerzo que he entrado y salido del infierno una centena de veces (familiares, cercanos, conocidos y contrarios pueden exponerlo mejor que uno), es mas ahora mismo que mecanografío estas líneas me encuentro saliendo una vez mas, pero con el palpito, la atemorizada corazonada, que quizás tenga que volver a ingresar a ese fuego eterno (es eterno mientras dura) aun cuando no he terminado de poner los pies entre mis cofrades mortales.

Ya no me divierte esta condición. Cuando uno tiene 19, 21, 23, y el mundo es verdaderamente tuyo, puedes jugar con esa condición, puedes follartela, darle celos, esconderte de ella, ponerla histérica y volver a follartela, pero eso dura poco, además que es un juego de cuchillos, y mas de un tajo mortal aun tengo para mostrar.

Pero se vivió, se viajo, se bebió de un trago fuerte reservado solo para los audaces y los poetas de raza, y de algún modo ahí están los resultados ( ¿o los restos del naufragio?) de tanto transito de ida y venida por el infierno : Los poemas, los movimientos fundados en los conos, los 6 años de radio, la gestión de promotor cultural en la municipalidad de lima.

Vamos y venimos, de lo sublime a lo infrahumano, vamos y venimos, pero a mis 38 puedo confesar algo con la honestidad bruta que me identifica a veces, ya no me divierte tanto la oscuridad, me pasa a menudo que siento compasión de ella, es mas, estando en lo oscuro trato de ser bueno con los agentes de las sombras. Como me diría un poeta y amigo “Tu eres un poeta maldito, pero demasiado buenito”. Ya no me divierte el transito hacia la oscuridad, sin embargo no podría sentenciar que jamás volveré a pisar el hondor del terror y el desasosiego, no, no me lo podría prometer, pero si hay algo que puedo confesar en voz alta, y es que cada vez quiero inclinar mi flecha hacia el blanco de la alegría (cursi pero exacto). Y ser recordado, hasta que me olvides (como la canción de Luis Miguel), como un chico que hizo lo que tenia que hacer, a pesar de todo, que cumplió con la consigna que se le encomendó, a pesar de todo y aun a pesar de si mismo y sus debilidades. Como un tipo que siempre quiso entregarte algo, preocupado, con la necesidad de siempre darte algo que para ti pudiera ser importante. Como un hombre al cual tu escuchabas, observabas gesticular, argumentar, e inmediatamente pensabas “ese es un hombre que conoció el fuego”.



Cuéntame
qué hay detrás de la cima, de aquella colina, de aquel arrabal,
dime si hay una playa, si hay una muralla, si hay un arenal,
dime si sobre el mangle no canta el sinsonte.

Cuéntame
qué hay detrás de la playa, de aquella muralla, de aquel arenal
dime si hay un estrecho y los barcos maltrechos por el vendaval.
No me digas que no pillas el horizonte.

Voilà, yo leí tu nombre en un cartel, y aquí estoy con la necesidad
de sobrevivir, de seguir en pie.
Tiraré, un collar sobre aquel tablero de ajedrez
y por cábala adivinarás, si te sobra amor, si te falta fe.

Cuéntame
qué hay detrás del estrecho y los barcos maltrechos por el vendaval,
dime si hay un país, un matiz de raíz con una capital,
dime si allí no cantan canciones lejanas.

Cuéntame
qué hay detrás del país, del matiz de raíz con una capital,
dime si hay una cima, si hay una colina, si hay un arrabal.
No preguntes por quién redoblan las campanas.