lunes, 24 de octubre de 2011

La Habana para un Infante Difunto

(...) Julieta sabía o sospechaba mi intención de acostarme con ella (por lo menos sabía el tamaño de mi triunfo si lo conseguía), lo que nunca adivinó es que mi virginidad, por azar o voluntad, le había sido ofrendada de antemano -creo que ni siquiera supo que yo estaba siendo desvirgado (si es que esa palabra se puede emplear en un hombre, digamos desflorado) cuando me acosté con ella por primera vez. Antes, por supuesto y para mi desespero, sucedieron otros encuentros interruptos.

Hubo uno, particularmente peligroso, que se produjo en la misma sala de su casa, allí donde yo había trucidado (no traducido) a Eliot otra tarde. Esta vez fui para visitarla y recuerdo que se sentó a conversar conmigo en una mecedora que estaba entre el sofá (memorable y deplorable) y el sillón en que yo me sentaba ahora. Conversamos (una conversación llena de espasmos: míos más que de ella) y de pronto Julieta me miró con su mirada color caramelo claro y me dijo muy bajo pero muy firme: «Dame un beso». Yo no quería creer lo que oía que era lo que quería y casi iba a hacerle repetir la oración que era una orden cuando decidí levantarme y dar crédito a mis oídos con mis labios. Ella no se movió de la mecedora, por lo que tuve que bajar hasta su boca, a borrar sus labios dibujados. Nos besamos: ella besaba fuerte, apasionada aparente, clavándome a veces los dientes en mi labio inferior. Yo respondía a sus besos con ansia y ardor cuando sentí que ella, sin dejar de besarme, tanteaba mi portañuela, esa barrera sartorial, pequeña puerta pudorosa que ella abría botón a botón. Tenía mi Sweeney erecto desde que comenzamos a besarnos y ahora ella lo sacaba y lo metía, sin pausa, en su boca. Para mí fue un acto inusitado, por lo que me enderecé, aunque ella seguía en su felación feliz. Pero yo estaba preocupado con las distantes voces que venían del fondo familiar, ahora más nítidas no sé por qué efecto acústico. ¿Y si se apareciera alguien de la casa, de pronto, por el pasillo abierto y nos sorprendieran? ¿Qué hacer? Y lo que era todavía más difícil, ¿qué decir? Nada de esto parecía preocupar a Julieta, quien, aunque estaba de espaldas al interior de su casa, no concedía la menor importancia a lo que pudiera ocurrir allá, ocupada aquí. Seguía succionando, de vez en cuando ayudada por la mecedora, que se movía hacia atrás y hacia adelante, como todos los balances, según los movimientos de cabeza y de boca de Julieta, que tenían un ritmo ordenado, casi monocorde, pero que me exaltaba: sacaba de mí un dulce irse por una sola parte: parecía imposible que por aquel pequeño orificio pudiera salirse el ser, pero es lo que yo sentía entonces, al dar vuelta ella a su boca, al recogerla de delante atrás, al voltear los labios, su lengua recorriendo todos los bordes balánicos, moviéndose como un dardo dulce hacia el glande, retrocediendo para dar lugar a una succión con toda la boca, mientras yo, casi inmóvil a veces, otras llevado por su euritmia, la sostenía por la cabeza, el pelo en desorden cayendo, cascada clara, sobre su cara y mi miembro, lo que quedaba de él., lo poco que no estaba dentro de su caverna carnosa. Sin embargo yo me las componía para no dejar de observar el largo pasillo hasta ahora solitario y era todo oídos (si podía ser algo que no fuera puro pene en ese momento) a los rumores remitidos desde el fondo, perifonía de onda larga. Pero Julieta me hacía atenderla con una caricia capicúa de sus labios, gruesos, de su lengua, fina, penetrante. Finalmente, casi al gritar pero conteniéndome por las voces vecinas, sentí que me iba y era que me venía ruidosamente (no en ruidos perceptibles sino en silencios epilépticos que eran como ruidos, como ríos: en un fluir) y ella la recibió toda en su boca, y siguió, loIlipop, lamiéndola, reclamando hasta la última gota golosa-que se tragaba ávida. Cuando todo terminó, a mí me temblaban las piernas, los muslos, el tronco, los brazos y las manos mientras guardaba apresurado el cuerpo del delirio, abotonándome rápido, con más miedo al descubrimiento del crimen poluto ahora que había terminado todo que mientras estaba cometiendo el acto. Ella me miró con intención, intensa desde su asiento (que nunca había abandonado), y me dijo:

-Háblame de El Rapao.

Me pareció increíble que ella usara esa jerga habanera para llamar al pene: La Pelona, La Calva. No lo podía creer:

-¿Qué cosa?
-Que me hables de Esrapao.
Era más increíble todavía.
-¿De Ezra Pound?
-Sí, háblame de su prisión. Tengo entendido que fue torturado en una jaula.

¡Realmente inaudito! Después de esa succión de oro, de esa mamada habanera, ella quería que le hablara de Ezra Pound. Debió de decir de Rapallo. ¿Íbamos a terminar la tarde hablando de poesía, de Pound? Me interesaba, me envolvía, me obsesionaba una pregunta a su respuesta.

-¿Y si hubieran venido?
-¿Cómo dices?
-¿Y si alguien de tu familia hubiera venido a la sala?

Ella se sonrió.

-No iban a venir.
-¿Cómo lo sabes?
-Yo lo sé.
-Pero ¿y si hubieran venido?
-No iban a venir -repitió.
-¿Y si hubieran?
-Habrían visto un espectáculo hermoso -dijo y se sonrió de nuevo-. Era hermoso, ¿no? Tú que lo estabas viendo mientras participabas puedes decirlo. ¿Era o no era hermoso?
-Supongo que para nosotros lo era, ¿pero para los demás?
-Ellos lo han hecho también y si no lo han hecho sabrán lo que se han perdido, al vernos. Ahora háblame de Ezra.

Lo dijo con tal encanto que no pude menos que complacerla y le hablé del pobre poeta perdedor víctima de la justicia de los ganadores, de sus seis meses en una cárcel de hierro que era una jaula a la intemperie, donde compuso sus cantos pisanos -pero no le hablé de lo que habrían hecho los perdedores de ser ganadores con los poetas (y todos los demás) del otro lado. Mientras dictaba mi conferencia pensaba en lo segura que ella estaba de que nadie vendría a interrumpir su acto oral y sentí celos. ¿No sería la primera vez que había cometido felación no en otro sitio sino en su casa? Parecía ser una acción repetida por su sabiduría, del acto, del aprovechamiento sabio del ritmo de la mecedora -además de su conocimiento exacto de que podía hacerlo sin riesgo de ser descubierta. Todo esto entró en mis reflexiones, interrumpidas no por mi voz sino por la sensación húmeda que traspasaba los calzoncillos, señal del acontecimiento que acababa de ocurrir, y sentí entonces contento: por fin había logrado más que un contacto un acto, aunque fuera limitado, una acción sexual con ella, con Julieta que parecía ahora, oyéndome, más bella que antes: no más bella que al llegar sino más bella que cuando más bella lució, cuando la vi por primera vez: ésta era otra primera vez: y se reflejaba en su rostro radiante, un tanto triunfante, conquistadora, ama absoluta: de mi voluntad y de mi voz que decía: «Pero si fue prisionero lo liberó la poesía». Mentira: lo liberó la locura, real o fingida, pero ese punto final era el que Julieta –sacerdotisa sexual pero amante de las artes- quería oír.(...)


Fragmento de "La Habana para un Infante Difunto"
Guillermo Cabrera Infante
(Cuba, 1929 - 2005)