sábado, 24 de septiembre de 2011

Un mundo despoblado

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Cada vez más tengo la impresión de que el mundo se va progresivamente despoblando, a pesar del bullicio de los carros y del ajetreo de la muchedumbre. ¡Es tan difícil ahora encontrar una persona! No nos cruzamos en la calle sino con siluetas, con figuras, con símbolos. Un chofer de taxi, por ejemplo, no es un individuo, sino un modelo social: Gruñón, amargado, insolente, antes de subir a su coche ya sabemos de qué va a hablar, qué argucias va a inventar para hacer mas sinuosa y provechosa la carrera. Una vendedora de gran almacén es la misma vendedora de todos los grandes almacenes: indiferente, desdeñosa, maleducada, aires de gran señora caída allí por accidente. Y la adolescente en blue-jeans que nos aborda en la calzada no es el angel personal con el que soñábamos desde nuestra infancia, sino la copia tirada a miles de ejemplares de la buscona que tanto aquí como en Londres, San Francisco o Hamburgo detiene al transeúnte para pedirle la moneda destinada al arquetipo barbudo que la espera a la vuelta de la esquina liando un cigarrillo volador. Comprendo las causas de esta degradación de la personalidad en las urbes demenciales, solo verifico ahora sus efectos. Pero es penoso que tengamos que vivir entre fantasmas, buscar inútilmente una sonrisa, un convite, una apertura, un gesto de generosidad o de desinterés y que nos veamos forzados, en definitiva, caminar, cercados por la multitud, en el desierto.


Julio Ramón Ribeyro
De "Prosas Apatridas"