miércoles, 11 de mayo de 2011

Marca Perú: o de cómo vender una cultura robada


Por Rafael Inocente*

Un muy querido camarada ciclista, Jorge Schreiber, me contó hace muchos años una historia increíble. Soy amigo de los Schreiber desde los ochenta. El padre, oriundo de la sierra sur del país, fue considerado uno de los mejores directores del Colegio Guadalupe. Quienes disfrutaron de su magisterio allá por los sesenta, cuentan de la manera apasionante en que narraba las batallas y combates republicanos y de la férrea educación que impartía. Con Lucho y Carlos Schreiber mantengo una amistad desde la infancia, desde la época en que Lucho Schreiber inculcó en mí la absorbente afición por el mundo del acuarismo y más adelante, con Carlos seguimos la carrera de Zootecnia en la Agraria. Jorge, es el mayor de los hermanos. Fue con él con quien empecé a desenvolver mi entusiasmo por el ciclismo en el barrio de Ingeniería, en una inolvidable Raleigh azul aro 28”. En aquellos años, Jorge animaba nutridos raids provinciales, disputados piques ciclísticos callejeros y las agotadoras marchas contrarreloj en los parques del barrio: aún quedaban por aquellos años, locos que se aficionaban a las bicicletas, pues no todo había sido contaminado por el fútbol. Guardo particular cariño a aquella tribu de chiquillos cleteros —ninguno llegaba a los diez años— con quienes pedaleábamos desde Habich hasta La Punta, sorteando las todavía poco peligrosas calles del Callao y el aún esquivable tráfico automotor, ausente de combis asesinas. Jorge es un ciclista rutero desde hace décadas y hace un par de días lo he visto pedaleando fieramente a las siete de la mañana y a sus más de cincuenta años, por entre las combis en la Av. Perú. Pues bien, en la década del setenta, Jorge viajó a Alemania Oriental para desarrollar, entre otras cosas, su devoción por el ciclismo. Producto de esa estadía en Europa, Jorge atesoró infinidad de historias que escuchábamos boquiabiertos. Una que recuerdo particularmente es aquella en la que refiere la admiración con la que los alemanes contemplaban los bluyines enviados por la familia desde el Perú, las cajas de galletas Field, los caramelos Ambrosoli, las chompas de alpaca, pero sobre todo, la extrañeza con que los teutones escuchaban a Jorge Schreiber referirse a nuestro pasado prehispánico, el pasmo al ver en fotos el color de la piel de la mayoría de los peruanos y su estupefacción al saber de la gran cultura que habían forjado nuestros antepasados. Porque —refería Jorge—, han de saber, muchachos, que estos alemanes pensaban que los peruanos éramos rubios, sonrosados y de ojos azules, como la gente que aparecía en las postales del balneario de Ancón, que el Estado peruano difundía a través de lo que en esa época sería algo así como el PromPerú de hoy en día. Para condimentar la anécdota —finalizaba Jorge—, los alemanes consideraban sorprendente el hecho de que un peruano como yo, se apellidase Schreiber y no tuviese la piel blanca, los ojos zarcos y el pelo dorado. Porque, en honor a la verdad, la diversidad fenotípica de la familia Schreiber es amplia: Jorge es de piel limpiamente trigueña, ojos y cabellos nigérrimos y sus huesos largos y la ausencia de prognatismos en su rostro sin asperezas, sean tal vez solitarios indicadores del mestizaje que corre por sus venas.

Ayer después de tantos años he vuelto a recordar esta historia, al influjo del insultante vídeo anti-peruano con que las televisoras han bombardeado durante todo el día domingo (1). Es decir, han transcurrido cuarenta años desde la anécdota de Jorge Schreiber y el Estado peruano y la etnoclase dominante siguen sin comprender al país y peor aún, el desprecio hacia su gente se ha incrementado en grado superlativo hasta llegar a un nivel increíblemente estúpido, esquizofrénico y falto de la más mínima estrategia. Ya ni siquiera se trata de hacerle creer al cholo de a pie que somos una nación, un país, una patria. No, cholos, somos algo mejor que eso: ¡somos una Marca!

Qué tal despropósito, qué falta de imaginación, de juicio y sobre todo, qué ganas de lucir la esquizofrenia rampante de esta gentuza que se hace llamar publicista y que para colmo, son extranjeros (2). Dicen que la realización del bodrio —bautizado con rimbombancia como documental—que han llamado Marca Perú ha costado 300 mil dólares y ha sido financiado por el Estado. Es decir con los impuestos que todos pagamos, estos canallas sin talento se atreven a insultarnos y pretenden imponernos su visión de país, una visión deformada interesadamente con el único y sacrosanto fin de lucrar con el patrimonio que es de todos nosotros, robado impunemente a las grandes mayorías sin voz ni voto.

Preparemos el escalpelo, que esta porquería que nos enrostran los mass media, los mismos que atacan despiadadamente a Ollanta Humala, vale una vivisección a fondo:

1) El Perú no es una marca. Por más que ese neoliberalismo inculto y cómplice de delincuentes pretenda endilgarnos que nuestra desangrada patria es un logo mal diseñado, el Perú no es ni será jamás una marca, como pretenden quienes lucran con nuestros recursos naturales y el conocimiento ancestral. No lo será porque ni siquiera somos una nación en formación, si no un sancocho fragmentado en mil pedazos irreconciliables, en el que se ha enseñoreado una élite corrupta descendiente de encomenderos. La matriz cultural del Perú, la que nos otorga potencia y flexibilidad, aquí en la China o en la Cochinchina es la Andina, sin caer en chauvinismos ni en localismos excluyentes. Por eso resulta repelente ver el discurso barato del mestizaje encarnado en una manga de huevones que descienden de un ómnibus en una ciudad perdida del Mid West norteamericano. En medio de esta parodia, de un ómnibus bajan un grupo de gentes blancas que hablan en castellano y, qué es lo primero que ven los gringos: cocineros ataviados como chefs franceses, un pelucón barbado con facha de surfer californiano, rubio como la pichi, una muchacha bronceada, tablista y también rubia, payasos apitucados (uno, reencarnación de érase un hombre a una nariz pegado y otro, un payaso viejo, tarado por la burguesía) seguidos por unos cuantos negros bailarines, diversión exótica de los patrones, y, como para no ser acusados de racistas por los “resentidos”, aparecen las cholas funcionales al sistema, la fujimontesinista Dina Páucar, esa embustera culpable del envilecimiento del huayno y la “ingenua” Magaly Solier, sonriendo como idiota, tirando de un alcco peruano, ambas balbucientes, decorativas, de relleno. Estos gringos ignorantes no tendrían por qué no pensar que el Perú es un país de rubios sonrosados, latinos cocineros y negros bailarines.

2) La insolencia de reducir los derechos de los peruanos a ventralidades negociables. Los sujetos que aparecen en el vídeo, gritan eufóricos, uno a uno: “Ustedes son de Perú, tienen derecho a comer rico, tienen derecho a correr buenas olas, tienen derecho a bailar un huayno, tienen derecho a viajar desde el Océano Pacifico a la Amazonía en un vuelo”, sólo faltó “tienen derecho a gozar de un buen rabo” mientras se exhibían las nalgas bamboleantes de Vanessa Tello, al ritmo de esa vergùenza humana autodenominada Tongo, entonando Lady B, Lady B, en homenaje a Mc Cartney. ¿Es que la gente que se ha prestado para esta farsa conoce el Perú? ¿Por qué no van en ese mismo bus parrandero a cualquier ciudad perdida, ya no digamos de la sierra o la selva, si no de la misma costa, a pregonarles a los miserables esos derechos pelágicos con los que pretenden rematar el Perú? Ah, porque estos embusteros saben que serían arrojados a pedradas y quién sabe, tal vez hasta los lincharían por pendejos. En un país con niveles de desnutrición crónica similares a los de cualquier corral sub-sahariano, en un país en donde la gran mayoría se moviliza en apestosas combis atestadas de gente, con un poto en la cara y el espinazo doblado, en un país en donde la música andina se ha envilecido a un nivel de escándalo gracias a las cerveceras y las dinaspaucar y soniasmorales, en un país en donde el Estado en complicidad con la Iglesia Católica y Evangélica ha esterilizado a 300 mil mujeres con engaños, en fin, en un país en donde una banda criminal pretende volver al poder, vía la farsa electoral, esta canalla burguesa, ¿se atreve a mentar los derechos de los peruanos?

3) La invención de un pueblo. Si la intención de esta proterva campaña publicitaria —creada por el gobierno aprista con fines de lucro, cimentada en el turismo, las exportaciones y las inversiones— era vender con la finalidad de que el liliputiense segmento de la población dedicado a estos rubros lucre convenientemente, entonces, ¿por qué diantres tuvieron que inventarse y/o buscarse un extraviado pueblo en el Medio Oeste norteamericano? Es que realmente esta gentuza no tiene patria. Y su condición de apátridas no es precisamente la que reivindicamos quienes simpatizamos con el anarquismo decimonónico. Su condición de apátridas proviene de la reivindicación del lucro, el asco racial y de su posición de clase. Si la intención era calar en la gringada estólida, ¿Por qué chicha no filmar en Písac un día cualquiera, cuando miles de gringos tragan, beben y fornican como gargantúas? Un pueblo cuya toponimia coincide gráficamente con el nombre de nuestra patria es tan intrascendente como que en una lengua equis de Europa del Norte, la grafía “lima” signifique mierda. Existen, señores de Prom Perú, miles de pueblos en nuestro propio país, absolutamente desconocidos, excluidos, abrumados e incluso satanizados por el propio Estado peruano. ¿O se olvidan, imbéciles publicistas, que durante la Guerra del Pacífico, para los compatriotas del interior la guerra se daba entre el General Chile y el General Perú? ¿Cuánto ha cambiado el Perú desde esa época? Chile se ha apropiado económicamente del país y, salvo, que nos creamos el cuento del Gordo Genocida, ese que habla del incremento en el número de celulares, de conciertos de “estrellas del rock” y de dígitos fraudulentos, el Perú sigue siendo un grotesco remedo de nación, tan desintegrado como hace cien años.

4) El protagonismo de ciertos personajes faranduleros. Si alguna vez defendí a Rafo León por los altibajos en su carrera, si alguna vez defendí la causa de que la China Tudela no era en realidad Rafo León travestido, hoy me llevo un gran chasco. Rafito, tocayo, hubieras muerto con honor de no haberte prestado a semejante cochinada. Viejo y cojudo. También se lo que es el hambre, viejo, por eso me hice ingeniero, para no alquilar mi pluma, pero prestar tu buen nombre al gobierno aprista y su payasada, fue suficiente. Si se trata de pane lucrando había otras formas, más aún para alguien con recursos y talento. Los surfers, los cocineros y los payasos merecen poco comentario. En todo caso, del gordo Gastón y sus epígonos ya me ocupé convenientemente (3). Sólo baste decir que el tal Gonzalete se ve más bufo que en Pataclaún, hablando con el sonsonete insoportable del pituco limeño, repeticuá, repeticuá y el otro payaso, el tal Alcántara, qué vergûenza, carajo, un viejonazo hablando con el dejo remasticado de la pituquería veinteañera de la San Ignacio de Loyola. Del esperpento vernacular llamado Dina Páucar no me sorprendería nada. Esta huanuqueña sabida, acostumbrada a menear el culo por un puñadito de dólares, puede vender su alma al diablo. No es sólo su nefasta labor como pervertidora de la música andina, funcional a las cerveceras y culpable de alcoholizar a las masas desandinizadas de las barriadas del corral Perú. Lo peor es que la doña se cree el cuento y ha prestado su estilizada imagen de chola triunfadora a lo más delincuencial del fujimontesinismo, bailando con la Hija del Ladrón en cuanto mitin se realice. Magaly Solier, es, qué duda cabe, una muchacha inteligente. Sutilmente encandiló a la Llosa con la imagen de “cholita ingenua”, y, gracias a su competencia, va escalando posiciones dentro del establishment criollo. Por eso quizá habla tan poco en el vídeo del desprecio. Seguramente en el fondo se da cuenta de su sometimiento, pero no ha podido resistir la tentación pecuniaria. Dina y Magaly son, curiosamente, los dos únicos personajes reconociblemente andinos. Casi no hablan y una de ellas incita a los gringos a bailar un huayno que no es peruano —aunque ese tema es accesorio—, pero sobre todo la arenga folclórica suena a embuste en el hocico de una pseudoartista, tan embustero como los bailarines de Perú Negro irrumpiendo “espontáneamente” en un típico bar del Medio Oeste norteamericano.

Resumiendo, un producto barnizado, estereotipado, clasista, racista y de pésimo gusto, limeño por donde se le mire, en donde un grupúsculo de blancos y blanqueados —por el dinero, el poder o la fama— exhiben a otros blancos orgullosamente WASP (4) una cultura robada, que ni comprenden ni aman. Sólo en un país que aplaude arrebañado semejante cochinada, es comprensible que en la primera fase del sainete electoral, los políticos hayan discutido de todo —aborto, matrimonio de homosexuales, su propio consumo de estupefacientes, etc.—, menos de los problemas reales del pueblo.

Esa es la imagen que la burguesía criolla pretende exportar de nuestra patria, una patria que es de todos nosotros y no sólo de un grupo privilegiado cómplice por acción u omisión de quienes han desangrado el Perú. La verdadera Marca Perú es el Robo, el Genocidio, el Racismo, la Impunidad, la Miseria y el Narcotráfico. Ningún extranjero con dos dedos de frente se traga el engaño fabricado por el gobierno aprista, ya en estertores.

¡Pensar que en estas porquerías se tiran la plata estos ladrones de los faenones!


* Autor de la novela La Ciudad de los Culpables y co-autor de Discursos contra la Bestia Tricéfala.


(1) Perú Info

(2) El logo ha sido creado en un lapso de dos años por un equipo de la empresa británica Future Brand, dirigido por el argentino Gustavo Koniszczer.

(3) El Olor del Tacuchaufa

(4) WASP: Acrónimo de blanco, anglosajón y protestante.