lunes, 16 de mayo de 2011

Fábula de la princesa buena y el ogro malo


Heme aquí en mi hogar, en el ocaso de mi existencia, padeciendo, con curiosidad y un poquito de vergüenza ajena, la terrible fábula que nos relata día a día la prensa sobre la princesa buena y el ogro malo.

La princesa, un poquito obesa para el papel de tal, se llama Keiko, tiene los ojos rasgados de algunas etnias orientales y a su anciano padre preso por crímenes que él dice no haber cometido. Su madre, que otrora sufriera la violencia de su irascible padre y del brujo Vladi que siempre le acompañaba, parece haber perdido la memoria y es presentada al pueblo en condición de muda.

El ogro malo tiene, como muchos ogros, una sonrisa engañadora y cada día nos enteramos, gracias a este relato colectivo, de alguna de las nuevas maldades pergeñadas por su genio destructivo. Se llama Ollanta, tiene un hermano rebelde preso y un papá con algunos prejuicios, y tanto lectores como televidentes esperamos con ansiedad el día en el que la prensa nos revelará que ese disimulado ogro no se alimenta de la buena cocina de este reino, sino de niños vivos y de sangre humana.

Todavía no lo han dicho, pero estoy seguro de que si el ogro si-gue con sus engaños la prensa revelará este aspecto terrible de su existencia.

Lo más curioso de la presente fábula es que mucha gente de este antiguo reino del Perú, por inocencia, por pereza, por tontería o por interés, no distingue la fantasía de la realidad y cree que la fábula es cierta.

Más grave aun, los autores de la misma terminan convencidos de que sus curiosas invenciones son las que construyen la realidad y cada día rivalizan en adjudicar nuevas virtudes a la princesa obesa y nuevas maldades al ogro Ollanta.

Triste destino el de un país cuya imaginación puede ser manipulada por narradores que responden a intereses económicos y políticos coyunturales y que, en realidad, solo pretenden mantener incólume el orden establecido a pesar del claro mensaje que el pueblo envió en la primera vuelta de esta elecciones.


Guillermo Giacosa