jueves, 14 de abril de 2011

Virar esta tierra de una vez

Otro de mis tesoritos vuelto a encontrar.

Conocí esta canción cuando se encontraba agazapada, aguardandome, en una cinta magnetofónica literalmente tirada en una manta extendida en el piso, que era el puesto de ventas de un Buhonero de Caracas (Vendedor ambulante)

Entonces obviamente esta canción, además de su calidad estética, tiene para mi el saborcillo de la buena nostalgia de mis años venezolanos.

Pericoteando en el ciberespacio, 26 años después recién me entero a quien, a que, le cantaba, Silvio y Pablo, el juvenil dúo del Grupo de la experimentaciónsonora de la ICAIC : A La columna juvenil del centenario.

Columna Juvenil del Centenario

Creada en agosto de 1968 y convertida en la fuerza más productiva del país. Laboró en la gestación y desarrollo de las organizaciones relacionadas con la enseñanza media secundaria: la Unión de Estudiantes Secundarios -UES- (1962) y las Brigadas José Antonio Echeverría (1967), luego sustituidas por la creación en el año 1970 de la Federación de Estudiantes de la Enseñanza Media - FEEM-, que al año siguiente realiza su primer congreso.

Silvio habla sobre la Columna Juvenil

(...) La labor que desarrollé para el cine, entre 1970 y 1975, es buen ejemplo de cómo debí trabajar para la inmediatez, a la vez que buscar un lenguaje literario (y musical) que otorgara “vida propia” a la obra. Entonces hice muchas canciones por encargo, aunque nunca acepté un trabajo que no me motivara, lo que ya implica una empatía cómplice. Canción de la CJC es de esa época y fue escrita para un documental reportaje. En su caso hay, además, algunos elementos extraartísticos —en este caso político-históricos— que pueden ayudar a la comprensión de por qué abordé la letra sobre la Columna como lo hice, e incluso hasta la música. Espero no estar extendiéndome demasiado.

En 1970 el documental Columna Juvenil del Centenario, del realizador Miguel Torres, no representaba una imagen idílica de la Columna Juvenil, sino que asumiendo un papel testimonial de nuestra realidad mostraba un ángulo nada oficialista. Mientras la prensa cubana enfocaba con un triunfalismo rimbombante (ingenuo) la campaña que los jóvenes libraban en la provincia de Camagüey, aquel trabajo cinematográfico, cámara en mano y en blanco y negro, mostraba adolescentes vistiendo ripios, durmiendo a la intemperie, demacrados por la comida insuficiente y la labor excesiva, protagonistas que a la vez se expresaban con una firmeza y voluntad impresionantes. Pero esta óptica más completa de la realidad contradecía a cierta zona de la dirección ideológica que prefería una visión simplemente épica, sin profundizaciones que sacaran a la luz aspectos contradictorios de la dramática realidad que vivíamos. Aquel modo predominante de ver las cosas en la superestructura cubana tenía su núcleo de artistas, escritores y hasta de autores lisonjeros, a tono con las justamente endurecidas canciones soviéticas de la Segunda Guerra Mundial. Pero tanto el mundo del cine cubano como la mayoría de los trovadores éramos más distendidos que aquel otro país pretendido y ortodoxo, aburridamente solemne, hierático.

Estas eran mis circunstancias y yo era un opositor de la visión oficial cuando escribí esa canción. Pero lo contado no era todo. Por entonces había cierta fobia ideológica por el rock, algo así como una enfermedad infantil izquierdista, a decir de Vladimir Ilich. Esto llegaba a los extremos kafkianos de buscar células de rock en la música de los compositores, y había listas con calificativos y censuras para compases sospechosos. Después de algunas adversidades un grupo de jóvenes músicos y yo tuvimos la suerte de encontrar refugio para aquel tipo de excesos en el ICAIC (Instituto de Arte e Industria Cinematográficos). Ahí yo me desquitaba haciendo “rocanroles” con letras revolucionarias que los cuadrados de la cultura se tenían que zampar. Como el noticiero semanal ICAIC y las películas ponían nuestra música, aquella fue nuestra forma de contribuir a barrer con los prejuicios que existían con el rock.

Por eso, Canción de la CJC y otras de entonces son medio roqueras, lo que por otra parte contribuía a engordar nuestra fama de muchachos conflictivos.(...)



Mientras la ciudad
aún a las cuatro esté encendida
y haya un lugar que te distraiga por ahí
—un humilde lugar
un pequeño lugar—
no digas no,
que estás negando el paraíso:
sé donde por años la luz es un farol
y el sueño diversión
—única diversión—.
Sé que ahora mismo,
mientras se entona cualquier canto,
mientras partimos a disipar el calor,
se está luchando allá.
¿Qué va a pagar la sangre que la tierra absorbe?
¿Qué oro que no es oro de sueños pesa así?
¿Qué puede valer más?

¿Qué paga este sudor, el tiempo que se va?
¿Qué tiempo están pagando?: el de sus vidas.
¡Qué vida están sangrando por la herida
de virar esta tierra de una vez!

Cuando a las once el sol
parte el centro del honor,
cuando consignas y metas
piden su paredón,
cuando de oscuro a oscuro
conversan por la acción
la palabra es de ustedes:
me callo por pudor.

¿Qué paga este sudor, el tiempo que se va?
¿Qué tiempo están pagando?: el de sus vidas.
¡Qué vida están sangrando por la herida
de virar esta tierra de una vez!