lunes, 21 de marzo de 2011

Otro músculo secreto

En los últimos años, la Abuela se llevaba muy mal con su cuerpo. Su cuerpo, cuerpo de arañita cansada, se negaba a seguirla.
.
- Menos mal que la mente viaja sin boleto
.
decía.
.
Yo estaba lejos, en el exilio. En Montevideo, la Abuela sintió que había llegado la hora de morir. Antes de morir, quiso visitar mi casa. Con cuerpo y todo.
.
Llegó en avión, acompañada por mi tía Emma. Viajó entre nubes, entre olas, convencida de que iba en barco; y cuando el avión atravesó una tormenta, creyó que andaba en carruaje, a los tumbos, sobre el empedrado.
.
Estuvo un mes en casa. Comía papillas de bebé y robaba caramelos. En plena noche se despertaba y quería jugar al ajedrez o se peleaba con mi abuelo muerto hacía cuarenta años. A veces intentaba alguna fuga hacia la playa, pero se le enredaban las piernas antes de llegara la escalera.
.
Al final dijo:
.
- Ahora, ya me puedo morir.
.
Me dijo que no iba a morirse en España. Quería evitarme líos burocráticos, el traslado del cuerpo y todo eso: dijo que ella bien sabía que yo odiaba los trámites.
.
Y se volvió a Montevideo. Visitó a toda la familia, casa por casa, pariente por pariente, para que todos vieran que había regresado de lo más bien, y que el viaje no tenía la culpa. Entonces, a la semana de llegar, se acostó y se murió.
.
Los hijos echaron sus cenizas bajo el árbol que ella había elegido.
.
A veces, la Abuela viene a verme en sueños. Yo camino al borde de un río y ella es un pez que me acompaña deslizándose, suave, suave, por las aguas.
.
Eduardo Galeano
"El Libro de los Abrazos"