sábado, 26 de marzo de 2011

La insondable sencillez

Cierta noche del año 1891 José Martí reúne a un grupo de amigos para leerles por primera vez sus Versos sencillos. El globo de gas no alcanza sino para iluminarle las manos y la blancura de las páginas —el pequeño volumen acaba de salir de las prensas—; los otros quedan en la penumbra, donde no podemos distinguirles los rostros ni, por tanto, saberles los nombres. Extraña, absoluta, inconcebible soledad la de quien está así leyendo sus versos. Un abismo lo separa esta noche de sus oyentes —un abismo tan negro como el vacío de sus nombres—. A la orilla del círculo de luz, el precipicio que se abre es justo al de la posteridad sin medida. Esos rostros vagos, confusos, ¿serán quizás los nuestros? Apenas podemos percibir al que lee, de tanto como se adensa la penumbra de los años. Y cuando la lectura acabe tendrá que contentarnos, de respuesta, el torpe balbuceo con que el coro de las sombras aprueba, como puede, lo que no le estaba destinado, lo que no entiende. Esa noche José Martí está solo como nunca. Solo en alma.

(Ensayo de Eliseo Diego «La insondable sencillez», recogido en sus Prosas Escogidas, Letras Cubanas, Cuba, 1983, p. 424.)

Yo soy un hombre sincero
De donde crece la palma,
Y antes de morirme quiero
Echar mis versos del alma.

Yo vengo de todas partes,
Y hacia todas partes voy:
Arte soy entre las artes,
En los montes, monte soy.

Yo sé los nombres extraños
De las yerbas y las flores,
Y de mortales engaños,
Y de sublimes dolores.

Yo he visto en la noche oscura
Llover sobre mi cabeza
Los rayos de lumbre pura
De la divina belleza.

Alas nacer ví en los hombros
De las mujeres hermosas:
Y salir de los escombros,
Volando las mariposas.

He visto vivir a un hombre
Con el puñal al costado,
Sin decir jamás el nombre
De aquella que lo ha matado.

Rápida, como un reflejo,
Dos veces ví el alma, dos:
Cuando murió el pobre viejo,
Cuando ella me dijo adiós.

Temblé una vez - en la reja,
A la entrada de la viña,-
Cuando la bárbara abeja
Picó en la frente a mi niña.

Gocé una vez, de tal suerte
Que gocé cual nunca: - cuando
La sentencia de mi muerte
Leyó el alcaide llorando.

Oigo un suspiro, a través
De las tierras y la mar,
Y no es un suspiro, - es
Que mi hijo va a despertar.

Si dicen que del joyero
Tome la joya mejor,
Tomo a un amigo sincero
Y pongo a un lado el amor.

Yo he visto al águila herida
Volar al azul sereno,
Y morir en su guarida
La víbora del veneno.

Yo sé bien que cuando el mundo
Cede, lívido, al descanso,
Sobre el silencio profundo
Murmura el arroyo manso.

Yo he puesto la mano osada,
De horror y júbilo yerta,
Sobre la estrella apagada
Que cayó frente a mi puerta.

Oculto en mi pecho bravo
La pena que me lo hiere:
El hijo de un pueblo esclavo
Vive por él, calla y muere.

Todo es hermoso y constante,
Todo es música y razón,
Y todo, como el diamante,
Antes que luz es carbón.

Yo sé que el necio se entierra
Con gran lujo y con gran llanto.-
Y que no hay fruta en la tierra
Como la del camposanto.

Callo, y entiendo, y me quito
La pompa del rimador:
Cuelgo de un árbol marchito
Mi muceta de doctor.