jueves, 10 de marzo de 2011

Detrás del Telón de "Cien Años de Soledad"

(...) No recuerdo si fue durante un viaje mío a México, o durante un viaje suyo a Barranquilla, donde yo vivía, cuando me habló de aquella novela que estaba escribiendo. «Se parece a un bolero», me dijo. (El bolero, la expresión musical más auténticamente latinoamericana, es en apariencia de un desmesurado sentimen talismo: pero tiene también un guiño, una exageración asumida con humor, un «no lo tomes tan al pie de la letra», que sólo, al parecer, los latinoamericanos logramos captar. (Como los adjetivos de Borges.) «Hasta el momento -me dijo poniendo los dedos sobre la mesa y haciéndolos caminar por el centro de ella- yo he tomado con mis libros el camino más seguro. Sin correr riesgos. Ahora siento que debo caminar por el borde -y sus dedos avanzaron en difícil equilibrio por el borde de la mesa-. Fíjate, cuando uno de los personajes del libro muere de un disparo, un hilo de su sangre recorre todo el pueblo hasta llegar a donde se encuentra la madre del muerto. Todo es así, en el límite de lo sublime o de lo cursi. Como el bolero.» Luego agregó: «O doy un trancazo con este libro o me rompo la cabeza. »

Me estaba hablando, claro, de Cien años de soledad. Cuando leí el manuscrito, muy poco después de haberlo él terminado, le escribí un papel diciéndole que sin duda había dado él el trancazo. Recibí a vuelta de correo su respuesta: «Esta noche, después de leer tu carta, voy a dormir tranquilo. El problema de Cien años de soledad no era escribirla, sino tener que pasar por el trago amargo de que la lean los amigos que a uno le interesan. Las reacciones han sido mucho más favorables de lo que yo esperaba. Creo que el concepto más fácil de resumir es el de la Editorial Sudamericana: contrataron el libro para una primera edición de 10.000 ejemplares, y hace quince días, des pués de mostrarles a sus expertos las pruebas de imprenta, doblaron el tiraje.»

Sí; la larga espera iniciada quince años atrás, cuando escribía hasta el amanecer La hojarasca, había terminado.

Cien años de soledad

-¿Cuál fue tu propósito, cuando te sentaste a escribir Cien años de soledad?

-
Darle una salida literaria, integral, a todas las experiencias que de algún modo me hubieran afectado durante la infancia.

-Muchos críticos ven en el libro una parábola o alegoría de la historia de la humanidad.

-No, quise sólo dejar una constancia poética del mundo de mi infancia, que como sabes transcurrió en una casa grande, muy triste, con una hermana que comía tierra y una abuela que adivinaba el porvenir, y numerosos parientes de nombres iguales que nunca hicieron mucha distinción entre la felicidad y la demencia.

-Los críticos le encuentran siempre intenciones más complejas.

-Si existen, deben ser inconscientes.. Pero puede ocurrir también que los críticos, al contrario de los novelistas, no encuentran en los libros lo que pueden sino lo que quieren.

-Siempre hablas con mucha ironía de los críticos. ¿Por qué te disgustan tanto?

-Porque en general, con una investidura de pontífices, y sin darse cuenta de que una novela como Cien años de soledad carece por completo de seriedad y está llena de señas a los amigos más íntimos, señas que sólo ellos pueden descubrir, asumen la responsabilidad de descifrar todas las adivinanzas del libro corriendo el riesgo de decir grandes tonterías.

Recuerdo, por ejemplo, que algún crítico creyó descubrir claves importantes de la novela al encontrarse con que un personaje, Gabriel, se lleva a París las obras completas de Rabelais. A partir de este hallazgo todas las desmesuras y todos los excesos pantagruélicos de los personajes se explicarían, según él, por esta influencia literaria. En realidad, aquella alusión a Rabelais fue puesta por mí como una cáscara de banano que muchos críticos pisaron.

-Sin prestarle atención a lo que dicen los críticos, la novela es mucho más que una recuperación poética de tus recuerdos de infancia. ¿No dijiste alguna vez que la historia de los Buendía podía ser una versión de la historia de América Latina?

-Sí, lo creo. La historia de América Latina es también una suma de esfuerzos desmesurados e inútiles y de dramas condenados de antemano al olvido; La peste del olvido existe también entre nosotros. Pasado el tiempo, nadie reconoce por cierta la masacre de los trabajadores de la compañía bananera, ni se acuerda del coronel Aureliano Buendía.

-Y las treinta y dos guerras perdidas del coronel pueden expresar nuestras frustraciones políticas. ¿Qué hubiese ocurrido, a propósito, si el coronel Aureliano Buendía hubiese triunfado?

-Se habría parecido enormemente al patriarca. En un momento dado, escribiendo la novela, tuve la tentación de que el coronel se tomara el poder. De haber sido así, en vez de Cien años de soledad habría escrito El otoño del patriarca.

-¿Debemos creer que, por una fatalidad de nuestro destino histórico, quien lucha contra el despotismo corre gran riesgo de volverse él mismo un déspota al llegar al poder?

-En Cien años..., un condenado a muerte le dice al coronel Aureliano Buendía: «Lo que me preocupa es que de tanto odiar a los militares, de tanto combatirlos, de tanto pensar en ellos, has terminado por ser igual a ellos.» Y concluyó: «A este paso, serás el dictador más despótico y sanguinario de nuestra historia.»

-¿Es cierto que a los dieciocho años de edad intentaste escribir esta misma novela?

-Sí, se llamaba La casa, porque pensé que toda la historia debía transcurrir dentro de la casa de los Buendía.

-¿Hasta dónde llegó aquel esbozo? ¿Era desde entonces una historia que se proponía abarcar un lapso de cien años?

-Nunca logré armar una estructura conti nua, sino trozos sueltos, de los cuales quedaron algunos publicados en los periódicos donde trabajaba entonces. El número de años no fue nunca nada que me preocupara. Más aún: no estoy muy seguro de que la historia de Cien años de soledad dure en realidad cien años.

-¿Por qué la interrumpiste?

-Porque no tenía en aquel momento la experiencia, el aliento ni los recursos técnicos para escribir una obra así.

-Pero la historia siguió dándote vueltas en la cabeza.

-Unos quince años más. Pero no encontraba el tono que me la hiciera creíble a mí mismo. Un día, yendo para Acapulco con Mercedes y los niños, tuve la revelación: debía contar la historia como mi abuela me contaba las suyas, partiendo de aquella tarde en que el niño es llevado por su padre para conocer el hielo.

-Una historia lineal.

-Una historia lineal donde con toda inocencia lo extraordinario entrara en lo cotidiano.

-¿Es cierto que diste media vuelta en la carretera y te pusiste a escribirla?

-Es cierto, nunca llegué a Acapulco.

-¿Y Mercedes?

-Tú sabes ya toda la cantidad de locuras de ese estilo que ella me ha aguantado. Sin Mercedes no habría llegado a escribir el libro. Ella se hizo cargo de la situación. Yo había comprado meses atrás un automóvil. Lo empeñé y le di a ella la plata calculando que nos alcanzaría para vivir unos seis meses. Pero yo duré año y medio escribiendo el libro. Cuando el dinero se acabó, ella no me dijo nada. Logró, no sé cómo, que el carnicero le fiara la carne, el panadero, el pan y que el dueño, del apartamento nos esperara nueve meses para pagarle el alquiler. Se ocupó de todo sin que yo lo supiera: inclusive de traerme cada cierto tiempo quinientas hojas de papel. Nunca faltaron aquellas quinientas hojas. Fue ella la que, una vez terminado el libro, puso el manuscrito en el correo para enviárselo a la Editorial Sudamericana.

-Me lo contó alguna vez; llevó el manuscrito al correo pensando: «¿Y si después de todo resulta que la novela es mala?» Creo que no la había leído, ¿verdad?

-A ella no le gusta leer manuscritos.

-Y, con tus hijos, es una de las últimas personas en leer tus libros. Dime, ¿estabas se guro del éxito de Cien años de soledad?

-Estaba seguro de que tendría buena crítica. Pero no de su éxito en el público. Calculé que se venderían unos cinco mil ejemplares. (De mis libros anteriores sólo se habían vendido hasta entonces unos mil de cada uno.) La Editorial Sudamericana fue algo más optimista: calculó que se venderían ocho mil. En realidad, la primera edición se vendió en quince días y en una sola ciudad, Buenos Aires.

-Hablemos del libro. ¿De dónde proviene la soledad de los Buendía?

-Para mí, de su falta de amor. En el libro se advierte que el Aureliano con la cola de cerdo era el único de los Buendía que en un siglo había sido concebido con amor. Los Buendía no eran capaces de amar, y ahí está el secreto de su soledad, de su frustración. La soledad, para mí, es lo contrario de la solidaridad.

-No te voy a preguntar lo que tantas veces te han preguntado: por qué hay tantos Aurelianos y tantos José Arcadios, pues es sabido que se trata de una modalidad muy latinoamericana: todos nos llamamos como nuestros padres o abuelos, y en tu familia se ha llegado hasta el delirio de que otro hermano tuyo se llame también Gabriel. Pero creo saber que hay una pista para distinguir a los Aurelianos de los José Arcadios, ¿cuál es?

-Una pista muy fácil: los José Arcadios prolongan la estirpe, pero no los Aurelianos. Con una sola excepción, la de José Arcadio Segundo y Aureliano Segundo, probablemente porque siendo gemelos exactamente iguales fueron confundidos en la infancia.

-En el libro, las locuras corren por cuenta de los hombres (inventos, alquimias, guerras, parrandas descomunales) y la sensatez por cuenta de las mujeres. ¿Corresponde a tu visión de los dos sexos?

-Creo que las mujeres sostienen el mundo en vilo, para que no se desbarate mientras los hombres tratan de empujar la historia. Al final, uno se pregunta cuál de las dos cosas será la menos sensata.

-Las mujeres, según parece, no sólo ase guran la continuidad de la estirpe, sino también la de la novela. ¿Es quizás el secreto de la extraordinaria longevidad de Ursula Iguarán?

-Sí, ella ha debido morir antes de la guerra civil, cuando se acercaba a los cien años de edad. Pero descubrí que si se moría, el libro se derrumbaba. Cuando muere, ya el libro tiene tanto vapor que no importa lo que ocurra después.

-¿Cuál es el papel de Petra Cotes en el libro?

-Un juicio superficial haría pensar que es sólo el reverso de Fernanda. Es decir, una mujer caribe sin los prejuicios morales de las mujeres de los Andes. Pero yo creo más bien que su personalidad tiene mucho que ver con la dé Ursula, pero una Ursula con un sentido todavía mucho más rudo de la realidad.

-Supongo que hay personajes que siguieron un rumbo distinto al previsto cuando escribías la novela. ¿Podrías citar un ejemplo?

-Sí, uno de ellos sería el de santa Sofía de la Piedad. En la novela, como ocurrió en la realidad, debía abandonar la casa sin despedirse de nadie, al descubrirse leprosa. Aunque todo el carácter del personaje estaba construido sobre la abnegación y el espíritu de sacrificio, que hacían verosímil este desenlace, tuve que modificarlo. Resultaba excesivamente truculento.

-¿Hay algún personaje que se te haya salido completamente de las manos?

-Tres se me salieron completamente de las manos, en el sentido de que su carácter y su destino no fueron los que yo quise: Aureliano José, cuya pasión tremenda por su tía Amaranta me tomó de sorpresa, José Arcadio Segundo, que nunca fue el líder sindical bananero que yo había querido, y José Arcadio el aprendiz de Papa, que se me convirtió en una especie de Adonis decadente, un poco ajeno a todo el resto del libro.

-Para quienes tenemos algunas claves del libro, hay un momento en que Macondo deja de ser un pueblo, el tuyo, para convertirse en una ciudad, Barranquilla. Has puesto al final personajes y lugares que conociste allí. ¿Te planteó algún problema este cambio?

-Macondo, más que un lugar del mundo, es un estado de ánimo. Lo difícil no era entonces pasar del escenario de un pueblo al de una ciudad, sino pasar del uno al otro sin que se notara el cambio de nostalgias.

-¿Cuál fue para ti el momento más difícil de la novela?

-Empezar. Recuerdo muy bien el día en que terminé con mucha dificultad la primera frase, y me pregunté aterrorizado qué carajo vendría después. En realidad, hasta el hallazgo del galeón en medio de la selva no creí de verdad que aquel libro pudiera llegar a ninguna parte. Pero a partir de allí todo fue una especie de frenesí, por lo demás, muy divertido.

-¿Recuerdas el día en que la terminaste? ¿Qué hora era? ¿Cuál fue tu estado de ánimo?

-Había escrito dieciocho meses, todos los días, de nueve de la mañana a tres de la tarde. Sabía, sin duda, que aquél sería el último día de trabajo. Pero el libro llegó a su final natural de un modo intempestivo, como a las once de la mañana. Mercedes no estaba en casa, y no encontré por teléfono a nadie a quien contárselo. Recuerdo mi desconcierto como si hubiera sido ayer: no sabía qué hacer con el tiempo que me sobraba y estuve tratando de inventar algo para poder vivir hasta las tres de la tarde.

-Debe haber algún aspecto fundamental del libro que los críticos (los críticos por los cuales tienes tanta aversión) han pasado por alto. ¿Cuál sería?

-Su valor más notable: la inmensa com pasión del autor por todas sus pobres criaturas.

-¿Quién ha sido el mejor lector del libro para ti?

-Una amiga soviética encontró una señora, muy mayor, copiando todo el libro a mano, cosa que por cierto hizo hasta el final. Mi amiga le preguntó por qué lo hacía, y la señora le contestó: «Porque quiero saber quién es en realidad el que está loco: si el autor o yo, y creo que la única manera de saberlo es volviendo a escribir el libro.» Me cuesta trabajo imaginar un lector mejor que esa señora.

-¿A cuántos idiomas ha sido traducido el libro?

-A diecisiete.

-Dicen que la traducción al inglés es excelente.

-Excelente, sí. El lenguaje, al comprimirse en inglés, gana en fuerza.

-¿Y las otras traducciones?

-Trabajé mucho con el traductor italiano y con el traductor francés. Las dos traducciones son buenas; no obstante, yo no siento el libro en francés.

-Se ha vendido menos en Francia que en Inglaterra o en Italia, para no hablar de los países de habla hispana donde el éxito ha sido obviamente extraordinario. ¿A qué lo atribuyes?

-Quizás al cartesianismo. Yo estoy mucho más cerca de las locuras de Rabelais que de los rigores de Descartes. En Francia fue Descartes quien se impuso. Quizás por ese motivo, aunque con muy buena crítica, el libro no ha tenido en Francia el nivel de popularidad alcanzado en otros países. Rossana Rossanda, hace poco, me hizo caer en la cuenta de que el libro se publicó en Francia en 1968, un año en que la situación social no le era muy propicia.

-¿Te ha intrigado mucho el éxito de Cien años de soledad?

-Sí, mucho.

-¿Y no te ha interesado descubrir el secreto?

-No, no quiero saberlo. Me parece muy peligroso descubrir por qué razones un libro que yo escribí pensando sólo en unos cuantos amigos se vende en todas partes como salchichas calientes.
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