miércoles, 9 de febrero de 2011

¿Qué es el Sistema?

Si alguien me volviera a preguntar, ¿Que es eso del neoliberalismo?, ¿Que es eso de los intereses del imperio, eso de que tenemos un sheriff universal?, ¿Cómo aquello de los eternos medios de producción en manos de unas mismas eternas familias?, ¿Aun hay guerra en el Perú?, ¿Aun sucede la manoseada muletilla ochentera de “explotación del hombre por el hombre”?, respiraría bajito con una sonrisa bajita y buscaría tener al alcance de portafolio a Galeano, y leería una de sus supremas citas. Citas como para burro.
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El Sistema

Que programa la computadora que alarma al banquero que alerta al embajador que cena con el general que emplaza al presidente que intima al ministro que amenaza al director general que humilla al gerente que grita al jefe que prepotea al empleado que desprecia al obrero que maltrata a la mujer que golpea al hijo que patea al perro.
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Caminamos por las ramblas de Barcelona, frescos túneles del verano, y nos acercamos a un quiosco de venta de pajaritos.

Hay jaulas de muchos y jaulas de a uno. Adoum me explica que a las jaulas de a uno les ponen un espejito, para que los pájaros no sepan que están solos.

Después, en el almuerzo, Guayasamín cuenta cosas de New York. Dice que allá ha visto hombres bebiendo solos en los mostradores. Que tras la hilera de botellas hay un espejo y que a veces, bien entrada la noche, los hombres arrojan el vaso y el espejo vuela en pedazos.
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Quien está contra ella, enseña la máquina, es enemigo del país. Quien denuncia la injusticia, comete delito de lesa patria.
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Yo soy el país, dice la máquina. Este campo de concentración es el país: este pudridero, este inmenso baldío vacío de hombres.

Quien crea que la patria es una casa de todos, será hijo de nadie.

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Era el cumpleaños del padre de Karl. Por una vez le dieron permiso para quedarse con la gente grande después de la cena. Él permaneció sentado en un rincón, calladito, mirando a los amigos y parientes que bebían y charlaban. Al levantarse, Karl chocó con una mesa y tiró al suelo una copa de vino blanco.

-No es nada -dijo el padre.

La madre barrió los vidrios y limpió el piso con un trapo. El padre acompañó a Karl a su dormitorio y le dijo:

-A las once, cuando se hayan ido los invitados, te pegaré.

Durante más de dos horas, desde la cama, Karl estuvo pendiente de las voces y del paso de los minutos
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A las once en punto de la noche llegó el padre, se sacó el cinturón y lo azotó.

-Lo hago por tu bien, para que aprendas -dijo el padre, como siempre decía, mientras Karl lloraba, desnudo, con la cabeza enterrada en la almohada.

Hace algunos años, Karl me contó, en Montevideo, esta historia de su infancia en Alemania.
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De cada cien niños que nacen vivos en Guatemala o Chile, mueren ocho. Mueren ocho, también, en los suburbios populares de San Pablo, la ciudad más rica del Brasil. ¿Accidente o asesinato? Los criminales tienen las llaves de las cárceles. Ésta es una violencia sin tiros. No sirve para novelas policiales. Aparece, congelada, en las estadísticas, cuando aparece. Pero las guerras reales no siempre son las más espectaculares y bien se sabe que los relámpagos de los balazos han dejado a más de uno ciego y sordo.

La comida es más cara en Chile que en Estados Unidos; el salario mínimo, diez veces más bajo. La cuarta parte de los chilenos no recibe ningún ingreso y sobrevive de puro porfiada. Los taxistas de Santiago ya no compran dólares a los turistas: ahora ofrecen muchachas que harán el amor a cambio de una cena.

El consumo de zapatos se ha reducido en cinco veces, en el Uruguay, en los últimos veinte años. En los últimos siete, el consumo de leche, en Montevideo, cayó a la mitad.

Los presos de la necesidad, ¿cuántos son? ¿Es libre un hombre condenado a vivir persiguiendo el laburo y la comida? ¿Cuántos tienen el destino marcado en la frente desde el día en que se asoman al mundo y lloran por primera vez? ¿A cuántos se niega el sol y la sal?
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Lo único libre son los precios. En nuestras tierras, Adam Smith necesita a Mussolini. Libertad de inversiones, libertad de precios, libertad de cambios: cuanto más libres andan los negocios, más presa está la gente. La prosperidad de pocos maldice a todos los demás. ¿Quién conoce una riqueza que sea inocente? En tiempos de crisis, ¿no se vuelven conservadores los liberales, y fascistas los conservadores? ¿Al servicio de quiénes cumplen su tarea los asesinos de personas y países?

Orlando Letelier escribió en The Nation que la economía no es neutral ni los técnicos tampoco. Dos semanas después, Letelier voló en pedazos en una calle de Washington. Las teorías de Milton Friedman implican para él el Premio Nóbel; para los chilenos, implican a Pinochet. Un ministro de Economía declaraba en el Uruguay: "La desigualdad en la distribución de la renta es la que genera el ahorro." Al mismo tiempo, confesaba que le horrorizaban las torturas. ¿Cómo salvar esa desigualdad si no es a golpes de picana eléctrica? La derecha ama las ideas generales. Al generalizar, absuelve.
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Los científicos latinoamericanos emigran, los laboratorios y las universidades no tienen recursos, el know how industrial es siempre extranjero y se paga carísimo, pero, ¿por qué no reconocer un cierto mérito de creatividad en el desarrollo de una tecnología del terror?

Desde nuestras tierras, los dueños del poder hacen aportes universales al progreso de los métodos de torturas, las técnicas del asesinato de personas y de ideas, el cultivo del silencio, la multiplicación de la impotencia y la siembra del miedo.
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Me viene a la cabeza algo que me contó, hace cinco o seis años, Miguel Littín. Él venía de filmar La tierra prometida en el valle de Ranquil, comarca pobre de Chile.
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Los campesinos del lugar hacían de extras en las escenas de masas. Unos se representaban a sí mismos. Otros hacían el papel de soldados. Los soldados invadían el valle y a sangre y fuego arrancaban las tierras a los campesinos. La película era la crónica de la matanza.

Al tercer día, empezaron los problemas. Los campesinos que vestían uniforme, andaban de a caballo y disparaban balas de fogueo se habían hecho arbitrarios, mandones y violentos. Ellos acosaban a los otros campesinos después de cada jornada de filmación.
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Plan de exterminio: arrasar la hierba, arrancar de raíz hasta la última plantita todavía viva, regar la tierra con sal.

Después, matar la memoria de la hierba. Para colonizar las conciencias, suprimirlas; para suprimirlas, vaciarlas de pasado. Aniquilar todo testimonio de que en la comarca hubo algo más que silencio, cárceles y tumbas.

Está prohibido recordar.

Se forman cuadrillas de presos. Por las noches, se les obliga a tapar con pintura blanca las frases de protesta que en otros tiempos cubrían los muros de la ciudad.

La lluvia, de tanto golpear los muros, va disolviendo la pintura blanca. Y reaparecen, poquito a poco, las porfiadas palabras.
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Eduardo Galeano
Del Libro "Días y Noches de Amor y de Guerra"