domingo, 31 de octubre de 2010

Un Vals así

No basta con gritar ¡Viva la Canción Criolla!

Un poco de historia

Por: Manuel Acosta Ojeda.

El “valse” criollo del Perú, llamado así por nuestros mayores para diferenciarlo de la voz germana “waltz”, es el elemento central del actual canto popular de los habitantes de nuestra costa, sobre todo la del norte y la de Lima. Constituye un sentimiento colectivo muy hermoso y muy complejo, por ser el resultado histórico de un largo y raro proceso evolutivo de “peruanización” de varias culturas traídas por los españoles y sus negros esclavizados mezcladas con las altas culturas pre-hispanas.

Según lo que hemos oído, los primeros compositores de nuestro valse antiguo fueron artistas negros, muy buenos ejecutantes de instrumentos de cuerda que tocaban la “vihuela”, la “bandurria”, el “laúd”, la “mandolina”, la guitarra. Casi todos “de oído” quienes no sabían leer ni escribir los signos musicales en “partitura”. Eran gente del barrio de Malambo (Rímac). A principios de 1900, nuestro valse nace como un canto de consuelo, como el “spiritual” de los negros del sur de E.U.A. para comunicar una bella emoción: triste, nostálgica y no tenía intención de servir de diversión a nadie. No era alegre, ni “jaranero”.

Nos contaron muchas veces don Miguel Almenerio Mejía, Augusto y Elías Ascues Villanueva, Manuel Quintana Olivares “El canario negro”, Manuel Covarrubias Castillo, Francisco “Máquina” Monserrate, Víctor “Gancho” Arciniega, Francisco “Cañería” Ballesteros, Francisco Flores “Pancho Caliente” y otros amigos negros cantantes o instrumentistas nacidos antes del año 1900, que el valse se utilizaba solamente como canción y que en las fiestas de Malambo y otros barrios con mayoría de población negra se bailaba la “moza mala”, la “sanguaraña” el "sambalandó", el "alcatraz", pero nuestro valse, NO.

La aparición de este hermoso canto peruano -el valse- podemos considerarla como “creación heroica”, porque esos honestos artistas negros no eran eruditos ni en música, ni en literatura, pero su clara inteligencia, su talento y la voluntad de transmitir sus sinceros y puros sentimientos, suplían largamente esas carencias. Hay mucha poesía en los buenos primeros valses y los mismos no eran “plagios” pues no había intenciones de lucro, era sencillamente el respeto y disfrute por la belleza que tenían aquellos músicos. Algunos incluso tomaban como referencia poesías del “Almanaque Bristol”; se trataba de defender el orgullo del barrio.

Son los blanquitos limeños, “los niños bien, que se portan mal” de la "La Palizada", con su jefe: Alejandro Ayarza, “Karamanduka", los que alegran -a la fuerza- la tristeza del valse de Malambo. No tenían ninguna intención de compartir las penas y los problemas del negro o del cholo pobre y discriminado. Y nace la incongruencia de oír, muy alegre, el triste valse que creó por ejemplo Ceferino Vergara a la muerte de su esposa: "Murió mi compañera idolatrada", (¡así!), “y en mi infortunio siempre la lloraré", (¡eso!), "y en la fosa en que se halla sepultada", (y dale!), "se unirá todo cuanto loco amé", (¡voy a ella!).

El problema se agrava por el año 1950, más o menos, con la “comercialización” de nuestro valse en los restaurantes que aún no se habían autocalificado de “peñas”. El más elegante: “La Cabaña”, en el Parque de la Exposición, y más populares: “El Parral” y “Los Claveles” que atendían los viernes en las noches en el jirón Cajamarca “Abajo 'el puente” y al final de la avenida Arica en “Breña”, lugares donde se servían las famosas “frejoladas” con arroz muy bien “graneado” y un inmenso “churrasco” encebollado que cubría casi todo el plato hondo.

En estos lugares, los cantantes se esmeraban por brindar mucha alegría, los valses eran muy “jaraneros” y sólo para bailar, al igual que las “polcas”, festejos”, “tonderos”, “marineras”, con la presencia ya del cajón y castañuelas. No importaba que las letras no fueran buenas.

Los artistas eran de lo mejorcito y en dichos recintos actuaban, entre otros, el extraordinario dúo “Las Criollitas” con Eloisa Angulo y Margarita Cerdeña, el “chino” Ángel Monteverde, de voz alta y muy aguda con la “segunda” de Jorge Costa o Luis “Pindongo” Romero, “La Limeñita y Ascoy” con Rosa y Alejandro, “Los Hermanos Govea”, Ricardo y Alejandro, “Los Hermanos Trigo” conformado por Carlos Alfredo y Zoila Rosa, asimismo, Delia Vallejos, Jesús Vásquez, Rosita Pasano, Yolanda Vigil “La peruana”, Alicia Lizarraga; a veces se presentaban “Los Morochucos”, “Los Norteños”, “Los Cholos”, “Los Capitalinos”; al piano el “pato” Alejandro Villalobos o “Polito” Bedoya. Y había muy buenos laudistas, guitarristas, cajoneadores, castañuelistas y animadores.

Posteriormente, don Mario Cavagnaro, alto ejecutivo de la fábrica de discos “Sono Radio”, lanzó al mercado el “poupurrit” donde cantaban diez o más artistas famosos, 60 o más valses en 20 minutos, tiempo que duraba la “cara” de un disco “Long Play”, brindando un promedio de 20 segundos para cada valse. Esto hizo mucho daño, pues cada canción casi siempre tiene tres partes, la primera plantea el problema, la segunda las posibilidades y la tercera la solución, entonces en el “poupurrit” nunca se cantaba lo más hermoso del valse.

Desde ese entonces no se considera “criollo” lo que NO es jaranero. En las “peñas”, en los canales de TV y en las radioemisoras, sólo se permite difundir los valses muy alegres o la mal llamada “música negra”. Ha desaparecido el cancionero poético que con tanta ternura nos legaran Felipe Pinglo, Serafina Quinteras, Amparo Baluarte, César Miró, Sixto Prieto y cientos de autores que le han cantado a la esperanza, al ser amado, al barrio, a la madre, a la patria.

Y no es culpa de la “Peña Criolla”, que es una empresa comercial, tampoco es culpa de la televisión y la radio, pues si no tienen “raiting” no consiguen los avisos comerciales de cuyo dinero viven. Somos los costeños bien nacidos quienes estamos obligados a defender nuestro patrimonio cultural y sobre todo su parte más sensible, más tierna, su buena música.

La Constitución Política del Perú consagra el derecho a defender nuestra soberanía, y ésta, no sólo es el suelo patrio por el que dieron su vida muchos héroes, soberanía también es nuestra autoestima, es nuestra personalidad, es lo que nos caracteriza, lo que nos identifica. Siendo el Perú un país con tantas culturas, cada una de ellas debe ser defendida con amor por sus integrantes, sin menospreciar las otras.

Creo que es imposible que nuestra canción recupere su calidad y menos su popularidad, ojalá me equivocara. Pero en todo caso dejamos constancia que hubo una canción criolla honesta y limpia. Recordémosla cantando, bailando, haciendo palmas, para que no se pierda su recuerdo.

Como Presidente del Centro Social Musical "Felipe Pinglo Alva", este sábado 30 de Octubre estaremos los socios y amigos en nuestro local institucional, Psje. Olaya 110 -305, Plaza de Armas de Lima, para conversar y compartir algo de las dignas y sinceras creaciones de nuestro cancionero costeño.

Quise volver a escribir mi canción,
esa que el tiempo canto
ha sido en vano su verso mejor
entre sus notas perdí la emoción.

Quiero ser ese vals que nunca fui
bajo la luz del farol
amaneciendo prendido a una flor
como un recuerdo de amor.

Un vals así nacido con mi juventud
en el umbral de inertes besos de jazmín
reviviré la risa que deje escapar
la suerte de volverle hablar al sol.

Un vals así nacido de mi soledad
a plena luz ira tras el perfume fiel
de lo que fue mi corazón.

Quiero entender el milagro de ser
pájaro y viento a la vez
voz en la rama del árbol mayor
una canción que nos haga volver
quiero poder por las calles correr
ser como ayer ese vals
que nunca supo mentir ni morir
y que no pude escribir.

Un vals así nacido con mi juventud,
en el umbral de inertes besos de jazmín,
reviviré la risa que deje escapar,
la suerte de volverle hablar al sol.

Un vals así nacido de mi soledad,
a plena luz ira tras el perfume fiel,
de lo que fue mi corazón