lunes, 12 de abril de 2010

La Captura del Rayo


La primera vez que transpuse los linderos,
lo hice en compañía de mi abuelo,
viejo hermoso y florido como un jacarandá.

Mansionábamos en los valles del refulgente Sol,
donde nos distinguíamos por nuestros huertos
siempre sembrados con el "palito dulce".

Nunca antes había penetrado las espesuras del monte.
Mi abuelo, gran brujo,
hablaba muchas lenguas, todas las jerigonzas,
conocía la selva y sus secretos como si fuera su mujer.

Mientras hacíamos el fuego me decía:
"Tienes que ser un cazador, si de no,
te cargará el otorongo,
te mearán los zorrinos,
se cagarán en ti los pájaros,
te echarán a pedradas de los huertos,
ninguna mujer acariciará tu miembro
ni detendrás al puma en la mitad del salto.
Toma el hacha, el machete,
dale duro al monte y a las fieras del monte,
mas nunca derribes al hermano del hombre".

Varias lunas recorrimos el monte,
comíamos yucas, mojarrillas, boquichicos y palometas
asadas,
bebíamos el jugo de los "marañones",
y en las noches oscuras
chacchábamos las hojas de la conversación.

El viejo contaba historias, viejas historias de la tribu "Burros con sueño"...

Un día, yo mismo,
decidí aventurarme solo por mi cuenta y riesgo.
Penetré en nuevos montes más sombríos y fieros
habitados por bichos
entrenados en el vil oficio de maltratar al hombre.
Era mi anhelo cumplir un buen trabajo.
Tesón, fuerza y coraje fueron mis herramientas.
Se acercaba la hora de la gran reventazón.
Entonces, cumplí mi triple hazaña:
¡Caza mayor, increíble! - Si el abuelo viviera -

Derribé al rayo,
lo até de pies y manos,
lo encerré en un rectángulo negro, sellado,
con dos cuernos de plomo.

¡Soy el amo del rayo, lo tengo a mi merced,
cogido por el rabo!

Leoncio Bueno (Perú, 1920)