martes, 20 de abril de 2010

Del Amor y Otros Demonios

Cayetano encontró aquella noche a Sierva María tiritando de fiebre dentro de la camisa de fuerza. Lo que más lo indignó fue el escarnio del cráneo pelado. «Dios del cielo», murmuró con una rabia sorda, mientras la liberaba de las correas. «Cómo es posible que permitas este crimen». Tan pronto como quedó libre, Sierva María le saltó al cuello, y permanecieron abrazados sin hablar mientras ella lloraba. Él la dejó desahogarse. Luego le levantó la cara y le dijo: «No más lágrimas».
Y enlazó con Garcilaso :
«Bastan las que por vos tengo lloradas».
Sierva María le contó la terrible experiencia de la capilla. Le habló del estruendo de los coros que parecían de guerra, de los gritos alucinados del obispo, de su aliento abrasador, de sus hermosos ojos verdes enardecidos por la conmoción.
«Era como el diablo», dijo.
Cayetano trató de calmarla. Le aseguró que a pesar de su corpulencia titánica, su voz tormentosa y sus métodos marciales, el obispo era un hombre bueno y sabio. Así que el pavor de Sierva María era comprensible, pero no corría ningún riesgo.
«Lo que quiero es morirme», dijo ella.
«Te sientes furiosa y derrotada, como me siento yo por no poder ayudarte», dijo él. «Pero Dios ha de gratificarnos en el día de la resurrección».
Se quitó el collar de Oddúa que Sierva María le había regalado, y se lo puso a ella a falta de los suyos. Se tendieron en la cama, uno al lado del otro, y compartieron sus rencores, mientras el mundo se apagaba y sólo iba quedando el cositeo del comején en el artesonado. La fiebre cedió. Cayetano habló en las tinieblas.
«En el Apocalipsis está anunciado un día que no amanecerá nunca», dijo. «Quiera Dios que sea hoy».
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Gabriel García Márquez
"Del Amor y Otros Demonios" (1994)