lunes, 29 de marzo de 2010

Vientos Azules crecían en mi

Agradezco a los amigos que siempre nos remiten temas de interés, hoy me regalaron el recuerdo de este excepcional peruano, intelectual forjado en el mas profundo rigor pero sobre todas las cosas con un acero templado con toda la fuerza de la imaginación y la creatividad, imaginación y creatividad que deberán ser las herramientas mas altas con las cuales hacernos del mundo nuevo que tanto nos urge.

Y de Colofón un tema de Víctor Heredia, un tema que al escucharlo hoy me sonó mucho a Alberto Flores Galindo.

La agonía de Flores Galindo
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Por Nelson Manrique

El 26 de marzo de 1990 dejó de latir el corazón de Alberto Flores Galindo. Su agonía comenzó un año atrás, cuando en febrero del 90 sufrió un desmayo intempestivo. Los análisis que siguieron mostraron que en su cerebro crecía un tumor canceroso. Fue enviado de emergencia a Nueva York gracias a una colecta de sus amigos, que convocó a muchísima gente y en la que participaron hasta niños aportando sus propinas. “En estos momentos –escribió Tito–, cuando todo parece derrumbarse, cariño y solidaridad me mostraron otros rostros del país”. Reconoció que esta experiencia le había obligado a revisar su “habitual pesimismo”. Se inició luego un tratamiento que inicialmente despertó la ilusión de que el mal podría revertir. Desgraciadamente no fue así.

En su libro La agonía de Mariátegui, escribiendo sobre el fundador del socialismo peruano, Tito restituyó al término “agonía” su dimensión originaria de lucha y combate; no únicamente contra las aflicciones y dolores que acompañan al final sino como una forma de afrontar la vida, una agonística contra todas las dificultades. Llegado a sus últimos días, Tito vivió plenamente de acuerdo con esta visión vital.

El mal le sobrevino repentinamente, cuando tenía muchos planes por realizar. Su ilusión fue entonces contar con dos años más para culminar el proyecto en el que estaba embarcado: una biografía de José María Arguedas a partir de la cual aproximarse a las contradicciones fundamentales del Perú del siglo XX. El cáncer no le dio ese plazo. Después de intentar avanzar con su proyecto fue pronto evidente para él que no tendría el tiempo necesario. A medida que el tumor se extendía iba afectando los centros neurales de la coordinación motora y del lenguaje, y su léxico se iba reduciendo inexorablemente. Mantenía íntegras su lucidez y sus facultades de razonamiento, pero tenía crecientes dificultades para expresar su pensamiento; podía hacerlo si se le ayudaba, enumerando aquellos términos que se podía adivinar necesitaba, pero día a día la comunicación se iba haciendo más dificultosa.

En esas condiciones, decidió dedicar el tiempo que le quedaba a la redacción de un texto de despedida, al que le puso de título “Reencontremos la dimensión utópica” y que constituye una especie de testamento intelectual. En él Tito se ratifica en las opciones que animaron su vida: su solidaridad inquebrantable con los de abajo, su apuesta por el socialismo, la exhortación a los jóvenes a no perder su capacidad de indignación, la convicción de que el país llegaba a una encrucijada crucial y era necesario luchar por preservar nuestro legado andino, por entonces ya claramente amenazado (no es difícil adivinar qué habría opinado sobre “el perro del hortelano” de Alan García).

Durante el último tiempo sólo pudo completar el texto gracias al amor de Cecilia, su compañera, que le permitió atravesar las brumas que crecientemente iban envolviéndolo. Una de las últimas veces que lo vi de pie fue a inicios del año 1991, cuando vino con Cecilia a casa, para saludar a mi compañera por su cumpleaños. Ya entonces podía adivinarse que se había quedado ciego. En la siguiente semana comenzó el tramo final y luego se fue apagando, lenta e inexorablemente.

Tito tuvo sin duda muchos amigos. Pero la movilización que desencadenó su enfermedad rebasó ampliamente el ámbito de su círculo de allegados. Pienso que entre los sectores populares existió siempre una clara conciencia de lo que él representaba para el país; allí están las numerosas escuelas y demás instituciones que perennizan su nombre para testimoniarlo. El reconocimiento nacional e internacional que ganó se debía a su tenaz espíritu de trabajo: nos legó 8 libros de altísima calidad antes de cumplir los 40 años. Estaba también su extraordinario talento como historiador y ensayista, reconocido más allá de las filiaciones ideológicas: su libro Buscando un Inca. Identidad y utopía en los Andes ganó tanto el Premio Casa de las Américas de Cuba, cuanto el premio Lawrence Harding, de la academia norteamericana. Pero, también era además el perfecto ejemplo de un trabajo intelectual con un altísimo rigor y un compromiso radical con las causas políticas en las cuales creyó hasta el final. Cualidades que lo han convertido, junto con JC Mariátegui y JM Arguedas, en uno de nuestros grandes referentes intelectuales del siglo XX.

Leer “Reencontremos la Dimensión Utópica”

Supongamos

Supongamos que les digo que
Añoro otro país y quiero regresar.
Hace tantos años que no se
Si es cierto que viví o solo lo soñé.
Iba con mi padre sin hablar,
Rara vez hablábamos los dos,
Nos bastaba con mirarnos
A los ojos y callábamos;
Vientos azules crecían en mi…
Supongamos que les digo que
En este mismo espacio existe otra ciudad;
Una de hipodérmica y dolor
Oscura como un niño hundiéndose en alcohol,
Otra ciega y sorda sin saber
Que se muere el siglo alrededor,
La verdad es tan trágica
Que la muerte es simpática
Vientos helados pasean en mi....
Supongamos que señalo aquí
Que es bueno recordar lo que uno quiso ser.
Eramos los jovenes del sol
La patria nuestra sangre y todo se esfumó.
Alguien caminó con mi canción
Con los pies sangrando y sin amor,
No se pagan con dádivas ni medallas
Las lágrimas,
Vientos del sur lo repiten aquí…
Vientos azules crecían en mi…