martes, 9 de marzo de 2010

Inspiración

" Armando estaba quieto, mirando fijamente al frente, como aterido y de pronto el dorado rayo de luz lo atrapó levitándolo unos centímetros. Rompió el coral de ángeles a cantar y de nuevo el viento casi huracanado que se generaba dentro de ese baño de luz ambarina, despeinó el cabello del autor. Esta vez fueron pequeños pájaros de pecho rojo los que escaparon de bajo su saco de cuero y hasta pareció escucharse un rumor de mar entre las voces de los niños celestiales.
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- ¡La musa, la musa! – alcanzó a decir, paralizada, Nacha. Cuando terminó de decirlo, el fenómeno había cesado. Corrieron hacia Armando quien ya estaba de nuevo apoyado con ambos pies sobre la vereda, alborotado el pelo, confuso, meneando la cabeza, tocándose los labios. La calle parecía más vacía, más silenciosa y más oscura que nunca tras la retirada del cilindro de luz.
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Entre Nacha y Buchi, practicamente alzado por los codos, llevaron a Armando hasta el Dory.
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- ¡Lo agarró, lo agarró de nuevo! – comunicó nacha a los gritos, a los demás, en tanto sentaban a Armando en una silla.
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- ¡Armando, Armando...- lo tomó del brazo Manuel.- ¿Qué te dijo? ¿Qué te dijo?
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Armando miraba fijamente una botella estacionada frente a él. Su mano derecha se abría y cerraba, nerviosa.
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- ¿Qué te dijo? ¿Querés papel? – insistió Nacha. Armando recorrió los rostros anhelantes de todos, con lentitud.
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- ¿Podés creer...- comenzó, con broma- ...podés creer que no le escuché nada?
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- ¡¿Cómo?! – saltaron todos.
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- ¿Y qué voy a escuchar – golpeó con su puño derecho sobre la mesa, Armando – con ese coro de mierda que te aturde? ¿Qué voy a escuchar? "
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Roberto Fontanarrosa (Argentina, 1944 - 2007)