martes, 16 de febrero de 2010

La levedad de las mariposas

Él decidió llegar cada día más temprano a su trabajo, por el simple gusto de sentarse junto a Ella en el bus de las 6 y 20. Fue así como inicio el ritual matutino que lo llevaba al cielo de los amores que duelen en la mitad del pecho, de los amores etéreos, paraíso de las mariposas que se anidan en el estómago.

El solo pensar que la vería, era motivo suficiente para levantarse, bañarse a mate limpio y ponerse su mejor y única camisa, un poco de loción barata, gomina y un sorbo de café con cardamomo para el buen aliento.

A las 6 y 20 llegaba puntual al paradero el bus Ruta 1. En el último puesto al lado de la salida, como siempre, Ella, indiferente, siempre tan silenciosa, con su mirada puesta en el aire o en los recuerdos.

Él amaba lo que soñaba de ella, amaba cada hilo de su húmedo cabello, el olor de su axila al tocar el timbre de parada, las manos duras de uñas cortas y el roce de cada centímetro de piel de trigo que asomaba entre su falda de cuadros y sus zapatos negros. Él amaba la risa que seguro tendría, y las baladas de amor que escucharía cada noche en su cuarto oscuro, cada cuadro de su uniforme, cada hoja, de cada cuaderno, en su mochila de lana.

Él amaba lo que soñaba de ella, hasta que un mal día las mariposas del estómago se fueron en desbandada: el año escolar había terminado.
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Sobre la Autora

Siempre que te piden hacer una presentación de ti mismo te pones frente a un extraño espejo donde debes contar en breves párrafos quién eres.

¿Pero qué decir de mí que sea realmente importante? Tal vez deba comenzar por decir que me gusta sentirme tierra, río, colibrí, estrella, ceiba; que busco en mi voz, la voz de otros; que también me habitan, y de qué manera, un país que duele; que cada día celebro la vida como forma de resistencia a la desesperanza.

Suelo llevar lo imprescindible en mi mochila: el amor de mi yanantin, mis hijos, mi familia, mis amigos, papel y lápiz y una red delicada de muselina, herencia de las abuelas, en las que guardo solo los buenos recuerdos.

Tengo varias certezas que me dan alas. Creo en los hechos poéticos, los de carne y sueños, los que fundan, transforman y dan sentido al oficio de escribir. Creo en la palabra, como forma exquisita humana de encuentro y contradicción. Creo en la fuerza del amor como fuerza que hace posible la vida. Creo en la dignidad de nuestras manos hechas trabajo y caricia, de nuestros pies hechos camino y tambo, de las ideas hechas libertad y tejido. Creo en nuestro continente, en nuestra raíz y en nuestros frutos.

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