lunes, 27 de julio de 2009

Mi Abuela Conchita

Despedimos el cuerpo de mi abuela Conchita en medio de una celebración por su vida, un acto de honor a su memoria, la despedimos entre naranjas y rosas, entregándole las palabras que ella sembró en nosotros. Han pasado dos semanas desde entonces. Dos semanas con un sabor salado en la garganta, con algo apretujado en el pecho sin poder salir.La muerte es sin lugar a dudas un hecho inapelable, por eso acudimos a la poesía para renombrar, para poder mirar a los ojos los verbos que en adelante siempre se conjugarán en pasado. Tal vez allí la tristeza de la muerte, no ya la tristeza de lo no vivido, y menos como vivió mi abuela Conchita; no ya de lo no entregado, y menos como entregó mi abuela Conchita; no ya de lo no amado, y menos como amó mi abuela Conchita.

Mi padre nos recordó cómo ella nos decía (aun en los momentos en que el presente y los recuerdos se le arremolinaban sin poder distinguir unos de otros) tocándose el lado izquierdo del pecho con las dos manos: Ustedes son mi vida. Una de sus frases más profundas que solo ahora tomó su dimensión correcta. El llamado de mi abuela era ese, a que fuéramos su vida cuando el último vestigio de aire saliera de sus pulmones.

Tal vez por eso hoy lloro su ausencia, su futura ausencia. Una tristeza legitima que quiero dejar salir sin los buenos modales de la educación estoica.

A mi abuela le heredo bastante. Digamos que heredo la forma de su nariz y su risa. El cariño por la cocina, lugar en que ella fundó la memoria de la familia. Heredo el gusto por las flores, el ajo y las hierbas, la manía – o el don- de curar con hierbitas los males del estomago y del alma. La habilidad de roncar sonoramente y de olvidar selectivamente, la coquetería innata y los rastros que el olor a las violetas deja en el recuerdo. La fuerza para mantener una familia unida.

Otras muchas cosas buenas no heredo de mi abuela, en especial lamento no heredar su habilidad para regatear y pedir la ñapa, el buen ojo para las naranjas dulces y la carne blanda, el talento para los tamales, la habilidad para salir a “buscar la vida” y encontrarla, el don de mando y el orden jerárquico en cuestión de amor.

Hoy me permito en voz alta tener esta mezcla de orgullo y de tristeza. Escribir es a veces una forma de llorar.
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Cronica de Vera Carvajal, del Libro "Días de Cosecha"