martes, 23 de septiembre de 2008

Humor y Amor de Aquiles Nazoa

La Pequeña Venecia (para mi) o Venezuela (para todos Uds.) formo parte de mi vida desde Noviembre del 92 hasta junio del 96, años maravillosos en que radique “al norte del sur”. En mi Barrio los muchachos me conocen como “Colocho”, en referencia a los 2 años que viví en Colombia (96-97), aunque si somos exactos mi “mote” mas justo debería ser “Veneco” ya que en Venezuela pase casi un triple de tiempo mas que en la Gran Colombia. Sobre la Republica de las Orquídeas, sobre la tierra de donde levantas una piedra y sale una “Miss Universo”, en donde no se conoce mujer fea, porque creo que a las feas las matan al nacer, podría escribir memorias mas abultadas que la de Bryce, o la del Gabo, que rememoren de que no me paso, que no hice, que no padecí, en que no trabaje, de que no sobreviví, con quien no hable, adonde no me metí, remolinos de sensaciones, sabores de mujer, rostros, años de gente que se me vienen y se me vuelven a presentar en el acto cuando pienso en Caracas, la Ciudad sin estaciones. Pero uno de los nombres que inexorablemente siempre estará como añadidura al volver a sentir esa “querencia” por Venezuela, será el del Poeta y Periodista : Aquiles Nazoa.

La experiencia vital de Aquiles, me hace recordar a la de Mario Benedetti, ambos fueron autodidactas, trabajaron en todos los oficios habidos y por haber desde adolescentes para casi mantener a sus familias, entraron al periodismo por casualidad y dejaron allí una gran estela, un importante aporte. De Aquiles citare 2 de sus mas entrañables Poemas : “Credo” y “Balada para Hans y Jenny”, sobre “Credo” les contare que por Caracas los muchachos de los 90 solían lucir unos Polos en donde había un bonito carboncillo del Quijote echo por Picasso y a continuación el verso de Aquiles, hermosos polos estampados por pintores que se habían metido al negocio de los estampados. Para la pequeña Cofradía seguidora de este Blog, Gusto y Regusto de la Poesía Venezolana con el Genial e Ingenioso Aquiles Nazoa (1920-1976).
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CREDO
Creo en Pablo Picasso,Todopoderoso,Creador del Cielo y de la Tierra;
creo en Charlie Chaplin, hijo de las violetas y de los ratones,
que fué crucificado, muerto y sepultado por el tiempo ,
pero que cada día resucita en el corazón de los hombres,
creo en el amor y en el arte como vías hacia el disfrute de la vida perdurable,
creo en el amolador que vive de fabricar estrellas de oro con su rueda maravillosa,
creo en la cualidad aérea del ser humano,
configurada en el recuerdo de Isadora Duncan abatíendose
como una purísima paloma herida bajo el cielo del mediterráneo;
creo en las monedas de chocolate que atesoro secretamente
debajo de la almohada de mi niñez;
creo en la fábula de Orfeo, creo en el sortilegio de la música,
yo que en las horas de mi angustia ví al conjuro de la Pavana de Fauré,
salir liberada y radiante de la dulce Eurídice del infierno de mi alma,
creo en Rainer María Rilken héroe de la lucha del hombre por la belleza,
que sacrificó su vida por el acto de cortar una rosa para una mujer,
creo en las flores que brotaron del cadaver adolescente de Ofelia,
creo en el llanto silencioso de Aquiles frente al mar;
creo en un barco esbelto y distantísimo
que salió hace un siglo al encuentro de la aurora;
su capitán Lord Byron, al cinto la espada de los arcángeles,
junto a sus cienes un resplandor de estrellas,
creo en el perro de Ulises,
en el gato risueño de Alicia en el país de las maravillas,
en el loro de Robinson Crusoe,
creo en los ratoncitos que tiraron del coche de la Cenicienta,
el beralfiro el caballo de Rolando,
y en las abejas que laboran en su colmena dentro del corazón de Martín Tinajero,
creo en la amistad como el invento más bello del hombre,
creo en los poderes creadores del pueblo,
creo en la poesía y en fín,
creo en mí mismo, puesto que sé que alguien me ama.
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Balada de Hans y Jenny
Verdaderamente, nunca fue tan claro el amor como cuando Hans Christian Andersen amó a Jenny Lind, el Ruiseñor de Suecia.

Hans y Jenny eran soñadores y hermosos, y su amor compartían como dos colegiales comparten sus almendras.

Amar a Jenny era como ir comiéndose una manzana bajo la lluvia. Era estar en el campo y descubrir que hoy amanecieron maduras las cerezas. Hans solía contarle fantásticas historias del tiempo en que los témpanos eran los grandes osos del mar. Y cuando venía la primavera, él le cubría con silvestres tusílagos las trenzas.

La mirada de Jenny poblaba de dominicales colores el paisaje. Bien pudo Jenny Lind haber nacido en una caja de acuarelas.

Hans tenía una caja de música en el corazón, y una pipa de espuma que Jenny le diera.

A veces los dos salían de viaje por rumbos distintos. Pero seguían amándose en el encuentro de las cosas menudas de la tierra.

Por ejemplo, Hans reconocía y amaba a Jenny en la transparencia de las fuentes y en la mirada de los niños y en las hojas secas.

Jenny reconocía y amaba a Hans en las barbas de los mendigos y en el perfume del pan tierno y en las más humildes monedas.

Porque el amor de Hans y Jenny era íntimo y dulce como el primer día de invierno en la escuela.

Jenny cantaba las antiguas baladas nórdicas con infinita tristeza. Una vez la escucharon unos estudiantes americanos, y por la noche todos lloraron de ternura sobre un mapa de Suecia.Y es que cuando Jenny cantaba, era el amor de Hans lo que cantaba en ella.

Una vez hizo Hans un largo viaje y a los cinco años estuvo de vuelta. Y fue a ver a Jenny y la encontró sentada, juntas las manos, en la actitud tranquila de una muchacha ciega.

Jenny estaba casada y tenía dos niños sencillamente hermosos como ella. Pero Hans siguió amándola hasta la muerte, en su pipa de espuma y en la llegada del otoño y en el color de las frambuesas.

Y siguió Jenny amando a Hans en los ojos de los mendigos y en las más humildes monedas.

Porque verdaderamente, nunca fue tan hermoso el amor como cuando Hans Christian Andersen amó a Jenny Lind, el Ruiseñor de Suecia.

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