martes 10 de noviembre de 2009

Tratando de Crecer

Juan Carlos Baglietto arribara a Lima. Una de las voces mas impecables de la Canción de Autor Argentina, de la Trova Rosarina, del Rock Argentino, o de simplemente la buena música Argentina, nos ofrecerá un Concierto el Jueves 26 de Noviembre en el Auditorio del Colegio San Agustín.

Recuerdo perfectamente la tapa del casette “Tiempos difíciles”, casette con el que descubrí a uno de los músicos mas influyentes, de culto, obligado, para todo los seguidores de la Trova de mi generación. Esta tapa recreaba una fotografía de Charles Chaplin. Compre el casette solo guiado por el instinto, por las vibras inexplicables que emanaban de esas portadas de cintas magnetofonicas apiladas en esos estantes de madera, que no olían a leño, sino a Conde de Kropotkin (Si la anarquía tiene algún olor, ese era el que pululaba en el Quilca de finales de los 80 y comienzos de los 90)

El casette era magia pura, no solo me conmociono a mi, si no a mas de un amigo que me lo pirateo y difundió. La mayoría de los temas eran composición de un cachorrazo aun Fito Paez. Luego me conseguí el “Mami” con temas tan míticos (míticos para mi experiencia vital, claro esta) como el “Dormite patria”, “En Tierra Firme”, “Rubias de New York”.

Para los que recién empezaran a descubrir el legado de Baglietto (debido a su próximo arribo a Lima, o quien sabe por causa de esta nota), aquí les enumero unas rolas a buscar en el youtube, recomendables y clásicas en su discográfica : “Las cosas tienen movimiento”, “Mirtha de regreso”, “La vida es una moneda”, “Era en abril”, “Tratando de crecer”, “Porque cantamos”.

Como decia un catalán, voy tratando de crecer
y no de sentar cabeza,pibe de barrio buen tropero en la partida
un miembro mas del circo desesperado
un punto en un planeta, un bicho que camina
oh, oh, oh.

Aun resuenan los acordes, de una guerra en si bemol
sin ninguna melodia, una mamá le pone nombre a su machito
y asi las flores crecen junto a los cardos
y derrotan las tormentas, y se caen y levantan
oh, oh, oh.

Todavia me emocionan ciertas voces
todavia creo en mirar a los ojos
todavia tengo en mente cambiar algo
todavia y a dios gracias todavia
El sol quema la lengua de los lagartos
la verdad es buen veneno pa' las tripas
todavia hay mucha gente que esta viva
todavia y Dios gracias todavia.
Multiplicar, es la tarea, es la tarea ...

Como canción de carnaval, se metio por el bolsillo
un cielito pa' mis hijos, un tiempo nuevo y bueno
pincelado de otras formas, tirando un poco mas
a los colores fuertes, donde el mar salude a todos
donde un beso sea moneda corriente.
Todavia me emocionan ciertas voces …

lunes 9 de noviembre de 2009

¡Que Buena Raza!

La vez primera que escuche este tema intuí que estaba ante un Cantautor interesante. Esta canción era el tema principal de la Telellorona “Que buena Raza”. Me olvide de la canción y de Víctor Miranda hasta que este año Pamela Rodríguez lo invito a un encuentro de Cantautores que ella realizara en el mes de Agosto. Empecé a husmear acerca de este Autor y descubro que es un músico con un currículum respetable. Ha participado en las bandas sonoras de películas como : “Todas las sangres”, “Caídos del cielo”, “Gregorio”, “Juliana”, Compositor de música para comedias, exposiciones y coreografías, compositor y productor de audio publicitario para las principales agencias de publicidad del medio, etc. Seria bueno poder observarlo en directo en alguna oportunidad.

Aquí les dejo el mypace de Víctor Miranda y el video de la canción que fue el motivo de esta nota : Que buena raza.

domingo 8 de noviembre de 2009

Círculo

Estoy
tan suave
ahora
que si alguien reclinase su rostro sobre mi alma
bastante me amaría.

Contemplo
en el alto silencio de los cielos
la música del amor
y la antigua tertulia de sus leños.

Estoy
tan triste ahora
que si alguien se acercase
me amaría.

Primera noche en el Perú.
Y busco amor.
Como en todas las noches de mi vida.


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Juan Gonzalo Rose (Perú, 1928-1983)

viernes 6 de noviembre de 2009

Entrevista a la Musicóloga, Compositora y Cantante : Chalena Vásquez

Rosa Elena Vásquez Rodríguez (Piura, Perú, 1950). Musicóloga, compositora y cantante. Premio Casa de las Américas 1979 con el libro La práctica musical de la población negra en el Perú. Publicó en coautoría con el antropólogo Abilio Vergara, los estudios sobre música de Ayacucho titulados ¡CHAYRAQ! Carnaval Ayacuchano (1988) y Ranulfo, el hombre (1989). Otros trabajos editados son: Cantares del duende (carpeta didáctica - musicalización de poemas en géneros peruanos: vals, marinera,tondero, carnaval, festejo, wayno, pasacalle, etc. de la Biblioteca Nacional del Perú)(1999) Con su alma india pero (Video sobre la fiesta de Paucartambo) (1992); A una sola voz - cassette y guía por los Derechos del niño (1990); Sobre los procesos de producción artística, Ensayo/ propuesta metodológica para el análisis del arte (1987). Otros títulos de su autoría son los libros COSTA - presencia africana en la música de la costa peruana, y Danzas de Paucartambo - Cusco. Actualmente es directora del Centro de Música y Danza (CEMDUC) de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Asesora y coordinadora de proyectos especiales en la Musicoteca de la Biblioteca Nacional del Perú. Recibió en 1979 el Premio de Musicología.

Mariategui y el Arte
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El Docente y Gran Dirigente Político Raúl Castro Vera hará una interesante exposición sobre “Mariategui y el Arte”. Si, sobre José Carlos Mariategui, ese nuestro clásico, tan respetado, tan conocido, pero por casi nadie leído (Ese es el problema de volverse clásico). Abordaremos a Mariategui desde una óptica pocas veces observada, la del Arte. Sobre lo que escribió José Carlos acerca de Literatura, sobre Poesía, lo que opinaba de Vallejo, Eguren, Valdelomar, etc. Todo esto analizado desde la sensatez, ecuanimidad y coherencia de uno de los cuadros de izquierda mas honestos y claros que tenemos : Raúl Castro Vera.
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Además Canción de Autor en Vivo con :

Carlos Riveros y Rodrigo Ramos

Una interesantísima propuesta de sonidos urbanos, un sonido que va codo a codo a como suenan estos tiempos, con letras inteligentes pero frescas, pensantes pero no por eso almidonadas. Una fusión de voces jóvenes en las calles con coqueteos al reagge jamaiquino. Una propuesta para tomar muy en cuenta. Recomendable
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Domingo 8 de Noviembre

6:00 a 8:00 pm

Por los 91.5 FM de PLANICIE Radio
(Señal de Lima Este)

Y para todo el Mundo a través de :

www.radioplanicie.com.pe

¡¡¡ Cooooorre la Voz !!!

Te lo agradece el Arte Solidario, la Utopía de un Mundo Nuevo y....

Entretanto los dejamos con una Marinera Norteña composición de Chalena que nos dice acerca de los Caballitos de Totora y los Niños Huanchaqueros.

jueves 5 de noviembre de 2009

Millones y Piero en el Averno

Con Jorge Millones estuvimos el pasado Jueves 29 en un Evento que realizamos en Villa el Salvador. Poesía pura fue la de esa noche con Jorge, Chalena Vásquez, Los Cholos y los Trovadores de la Séptima Cuerda. Estamos a la espera que nuestro amigo el Trovador Enrique Ortiz suba al Youtube las entrañables interpretaciones de aquella noche. Entretanto como quien quiere animarlos a que se asomen al Averno este Viernes, los dejo con este clásico de Jorge que también interpreto la noche del 29 en Villa : Cascabel (pero esta vez en Versión Baile).

CASCABEL

Alguien,

dicen que un pueblo

Le ha puesto un cascabel

A la bestia que, mordía

Nuestra vida, nuestros sueños,

Nuestra tierra, nuestro suelo

Cascabel de compañero

Camarada y campanada


Suena cascabel

Anúnciales que

Que esto que ganamos

no lo vamos a perder


tilín talan, de cascabel, tilín talan


Dicen que por las serranías del Perú

un espíritu ancestral llama a los ayllus

que viene desde el cielo con la lluvia

que rompe con el trueno los agravios


suena cascabel

mucho ruido aquel

las palmas del pueblo

celebran su poder


tilín talan, de cascabel, tilín talan


Dicen que por las serranías del Perú

Un ruido bellísimo se asoma

que vive con los runas en la altura

que chaccha la esperanza de palomas.


tilín talan, de cascabel, tilín talan


Suena cascabel

Anúnciales que

Que esto que ganamos

no lo vamos a perder


tilín talan, de cascabel, tilín talan


Dicen que por las serranías del Perú

un ruido ensordecedor mata traidores

cascabel que los pueblos han puesto

cascabel que anuncia el socialismo si señores


tilín talan, de cascabel, tilín talan


poder Popular

suena cascabel

gracias por sonar

el corazón para cantar


tilín talan tilín talan

miércoles 4 de noviembre de 2009

Una Obra Maestrita del Gabo

Si pensara en regalar un Libro para una persona especial, en una fecha especial, se me ocurriría en estos momentos regalar “Los Doce Cuentos Peregrinos” del Gabo. Este fue un libro que literalmente ame cuando tenia 19 años. Este libro fue camarada, cómplice. Reí al lado de este libro, devele cosas al lado de este libro, y también este fue uno de los libros que ayudo a meterme los pajaritos, los gusanitos en la cabeza que luego me impulsaron, me echaron fuera del país a mis 19. Hoy buscando algo que compartir con Uds., porque han de saber que es para mi un honroso deber el saber que tengo y debo compartir algo interesante con Uds., algo que medianamente los toque, y desvié un tantito hacia el lado de la esperanza, aunque sea por unos minutos, el curso de sus días, es que me tope con este cuento, en su forma textual y completa, de Gabriel García Márquez. Se que algunos no están acostumbrados a leer tan extenso vía Internet, pero la experiencia y el sabor posterior luego de leer este tratado de maestría del Gabo, pagara con creces vuestros esfuerzos. Ojos a la obra Pequeña Cofradía.
. El Avión de la Bella Durmiente
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Era bella, elástica, con una piel tierna del color del pan y los ojos de almendras verdes, y tenía el cabello liso y negro y largo hasta la espalda, y una aura de antigüedad que lo mismo podía ser de Indonesia que de los Andes. Estaba vestida con un gusto sutil: chaqueta de lince, blusa de seda natural con flores muy tenues, pantalones de lino crudo, y unos zapatos lineales del color de las bugambilias. "Esta es la mujer más bella que he visto en mi vida", pensé, cuando la vi pasar con sus sigilosos trancos de leona, mientras yo hacía la cola para abordar el avión de Nueva York en el aeropuerto Charles de Gaulle de París. Fue una aparición sobrenatural que existió sólo un instante y, desapareció en la muchedumbre del vestíbulo.
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Eran las nueve de la mañana. Estaba nevando desde la noche anterior, y el tránsito era más denso que de costumbre en las calles de la ciudad, y más lento aún en la autopista, y había camiones de carga alineados a la orilla, y automóviles humeantes en la nieve. En el vestíbulo del aeropuerto, en cambio, la vida seguía en primavera.
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Yo estaba en la fila de registro detrás de una anciana holandesa que demoró casi una hora discutiendo el peso de sus once maletas. Empezaba a aburrirme cuando vi la aparición instantánea que me dejó sin aliento, así que no supe cómo terminó el altercado, hasta que la empleada me bajó de las nubes con un reproche por mi distracción. A modo de disculpa le pregunté si creía en los amores a primera vista. "Claro que sí", me dijo. "Los imposibles son los otros". Siguió con la vista fija en la pantalla, de la computadora, y me preguntó qué asiento prefería: fumar o no fumar.
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—Me da lo mismo —le dije con toda intención—, siempre que no sea al lado de las once maletas.
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Ella lo agradeció con una sonrisa comercial sin apartar la vista de la pantalla fosforescente.
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—Escoja un número —me dijo—: tres, cuatro o siete.
—Cuatro.
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Su sonrisa tuvo un destello triunfal.
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—En quince años que llevo aquí —dijo—, es el primero que no escoge el siete.
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Marcó en la tarjeta de embarque el número del asiento y me la entregó con el resto de mis papeles, mirándome por primera vez con unos ojos color de uva que me sirvieron de consuelo mientras volvía a ver la bella. Sólo entonces me advirtió que el aeropuerto acababa de cerrarse y todos los vuelos estaban diferidos.
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—¿Hasta cuándo?
—Hasta que Dios quiera —dijo con su sonrisa. La radio anunció esta mañana que será la nevada más grande del año.
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Se equivocó: fue la más grande del siglo. Pero en la sala de espera de la primera clase la primavera era tan real que había rosas vivas en los floreros y hasta la música enlatada parecía tan sublime y sedante como lo pretendían sus creadores. De pronto se me ocurrió que aquel era un refugio adecuado para la bella, y la busqué en los otros salones, estremecido por mi propia audacia. Pero la mayoría eran hombres de la vida real que leían periódicos en inglés mientras sus mujeres pensaban en otros, contemplando los aviones muertos en la nieve a través de las vidrieras panorámicas, contemplando las fábricas glaciales, las vastas sementeras de Roissy devastadas por los leones. Después del mediodía no había un espacio disponible, y el calor se había vuelto tan insoportable que escapé para respirar.
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Afuera encontré un espectáculo sobrecogedor. Gentes de toda ley habían desbordado las salas de espera, y estaban acampadas en los corredores sofocantes, y aun en las escaleras, tendidas por los suelos con sus animales y sus niños, y sus enseres de viaje. Pues también la comunicación con la ciudad estaba interrumpida, y el palacio de plástico, transparente parecía una inmensa cápsula espacial varada en la tormenta. No pude evitar la idea de que también la bella debía estar en algún lugar en medio de aquellas hordas mansas, y esa fantasía me infundió nuevos ánimos para esperar.
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A la hora del almuerzo habíamos asumido nuestra conciencia de náufragos. Las colas se hicieron interminables frente a los siete restaurantes, las cafeterías, los bares atestados, y en menos de tres horas tuvieron que cerrarlos porque no había nada qué comer ni beber. Los niños, que por un momento parecían ser todos los del mundo, se pusieron a llorar al mismo tiempo, y empezó a levantarse de la muchedumbre un olor de rebaño. Era el tiempo de los instintos. Lo único que alcancé a comer en medio de la rebatiña fueron los dos últimos vasos de helado de crema en una tienda infantil. Me los tomé poco a poco en el mostrador, mientras los camareros ponían las sillas sobre las mesas a medida que se desocupaban, y viéndome a mí mismo en el espejo del fondo, con el último vasito de cartón y la última cucharita de cartón, y pensando en la bella.
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El vuelo de Nueva York, previsto para las once de la mañana, salió a las ocho de la noche. Cuando por fin logré embarcar, los pasajeros de la primera clase estaban ya en su sitio, y una azafata me condujo al mío. Me quedé sin aliento. En la poltrona vecina, junto a la ventanilla, la bella estaba tomando posesión de su espacio con el dominio de los viajeros expertos. "Si alguna vez escribiera esto, nadie me lo creería", pensé. Y apenas si intenté en mi media lengua un saludo indeciso que ella no percibió.
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Se instaló como para vivir muchos años, poniendo cada cosa en su sitio y en su orden, hasta que el lugar quedó tan bien dispuesto como la casa ideal donde todo estaba al alcance de la mano. Mientras lo hacía, el sobrecargo nos llevó la champaña de bienvenida. Cogí una copa para ofrecérsela a ella, pero me arrepentí a tiempo. Pues sólo quiso un vaso de agua, y le pidió al sobrecargo, primero en un francés inaccesible y luego en un inglés apenas más fácil, que no la despertara por ningún motivo durante el vuelo. Su voz grave y tibia arrastraba una tristeza oriental.
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Cuando le llevaron el agua, abrió sobre las rodillas un cofre de tocador con esquinas de cobre, como los baúles de las abuelas, y sacó dos pastillas doradas de un estuche donde llevaba otras de colores diversos. Hacía todo de un modo metódico y parsimonioso, como si no hubiera nada que no estuviera previsto para ella desde su nacimiento. Por último bajó la cortina de la ventana, extendió la poltrona al máximo, se cubrió con la manta hasta la cintura sin quitarse los zapatos, se puso el antifaz de dormir, se acostó de medio lado en la poltrona, de espaldas a mí, y durmió sin una sola pausa, sin un suspiro, sin un cambio mínimo de posición, durante las ocho horas eternas y los doce minutos de sobra que duró el vuelo a Nueva York.
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Fue un viaje intenso. Siempre he creído que no hay nada más hermoso en la naturaleza que una mujer hermosa, de modo que me fue imposible escapar ni un instante al hechizo de aquella criatura de fábula que dormía a mi lado. El sobrecargo había desaparecido tan pronto como despegamos, y fue reemplazado por una azafata cartesiano que trató de despertar a la bella para darle el estuche de tocador y los auriculares para la música. Le repetí la advertencia que ella le había hecho al sobrecargo, pero la azafata insistió para oír de ella misma que tampoco quería cenar. Tuvo que confirmárselo el sobrecargo, v aun así me reprendió porque la bella no se hubiera colgado en el cuello el cartoncito con la orden de no despertarla.
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Hice una cena solitaria, diciéndome en silencio lo que le hubiera dicho a ella si hubiera estado despierta. Su sueño era tan estable, que en cierto momento tuve la inquietud de que las pastillas que se había tomado no fueran para dormir sino para morir. Antes de cada trago, levantaba la copa y brindaba.
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—A tu salud, bella.
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Terminada la cena apagaron las luces, dieron la película para nadie, y los dos quedamos solos en la penumbra del mundo. La tormenta más grande del siglo había pasado, y la noche del Atlántico era inmensa y límpida, y el avión parecía inmóvil entre las estrellas. Entonces la contemplé palmo a palmo durante varias horas, y la única señal de vida que pude percibir fueron las sombras de los sueños que pasaban por su frente como las nubes en el agua. Tenía en el cuello una cadena tan fina que era casi invisible sobre su piel de oro, las orejas perfectas sin puntadas para los aretes, las uñas rosadas de la buena salud, y un anillo liso en la mano izquierda. Como no parecía tener más de veinte años me consolé con la idea de que no fuera un anillo de bodas sino el de un noviazgo efímero. "Saber que duermes tú, cierta, segura, cauce fiel de abandono, línea pura, tan cerca de mis brazos maniatados", pensé, repitiendo en la cresta de espumas de champaña, el soneto magistral de Gerardo Diego. Luego extendí la poltrona a la altura de la suya, y quedamos acostados más cerca que en una cama matrimonial. El clima de su respiración era el mismo de la voz, y su piel exhalaba un hálito tenue que sólo podía ser el olor propio de su belleza. Me parecía increíble: en la primavera anterior había leído una hermosa novela de Yasunarl Kawabata sobre los ancianos burgueses de Kyoto que pagaban sumas enormes para pasar la noche contemplando a las muchachas más bellas de la ciudad, desnudas y narcotizadas, mientras ellos agonizaban de amor en la misma cama. No podían despertarlas, ni tocarlas, y ni siquiera lo intentaban, porque la esencia de¡ placer era verlas dormir. Aquella noche, velando el sueño de la bella, no sólo entendí aquel refinamiento senil, sino que lo viví a plenitud.
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—Quién iba a creerlo —me dije, con el amor propio exacerbado por la champaña—: Yo, anciano japonés a estas alturas.
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Creo que dormí varias horas, vencido por la champaña y los fogonazos mudos de la película, Y desperté con la cabeza agrietada. Fui al baño. Dos lugares detrás del mío yacía la anciana de las once maletas despatarrada de mala manera en la poltrona. Parecía un muerto olvidado en el campo de batalla. En el suelo, a mitad del pasillo, estaban sus lentes de leer con el collar de cuentas de colores, y por un instante disfruté de la dicha mezquina de no recogerlos.
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Después de desahogarme de los excesos de champaña me sorprendí a mí mismo en el espejo, indigno y feo, y me asombré de que fueran tan terribles los estragos del amor. De pronto el avión se fue a pique, se enderezó como pudo, y prosiguió volando al galope. La orden de volver al asiento se encendió. Salí en estampida, con la ilusión de que sólo las turbulencias de Dios despertaran a la bella, y que tuviera que refugiarse en mis brazos huyendo del terror. En la prisa estuve a punto de pisar los lentes de la holandesa, y me hubiera alegrado. Pero volví sobre mis pasos, los recogí, y se los puse en el regazo, agradecido de pronto de que no hubiera escogido antes que yo el asiento número cuatro.
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El sueño de la bella era invencible. Cuando el avión se estabilizó, tuve que resistir la tentación de sacudirla con cualquier pretexto, porque lo único que deseaba en aquella última hora de vuelo era verla despierta, aunque fuera enfurecida, para que yo pudiera recobrar mi libertad, y tal vez mi juventud. Pero no fui capaz.
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"Carajo", me dije, con un gran desprecio.
"¡Por qué no nací Tauro!"
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Despertó sin ayuda en el instante en que se encendieron los anuncios del aterrizaje, y estaba tan bella y lozana como si hubiera dormido en un rosal. Sólo entonces caí en la cuenta de que los vecinos de asiento en los aviones, igual que los matrimonios viejos, no se dan los buenos días al despertar. Tampoco ella. Se quitó el antifaz, abrió los ojos radiantes, enderezó la poltrona, tiró a un lado la manta, se sacudió las crines que se peinaban solas con su propio peso, volvió a ponerse el cofre en las rodillas, y se hizo un maquillaje rápido y superfluo, que le alcanzó justo para no mirarme hasta que la puerta se abrió. Entonces se puso la chaqueta de lince, pasó casi por encima de mí con una disculpa convencional en castellano puro de las Américas, y se fue sin despedirse siquiera, sin agradecerme al menos lo mucho que hice por nuestra noche feliz, y desapareció hasta el sol de hoy en la Amazonía de Nueva York.
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Gabriel García Márquez
Colombia

martes 3 de noviembre de 2009

San Marcos Premia a Poeta Marco Martos

Marco Martos (Piura, 1943)

Poeta, crítico, profesor universitario y ejerce el periodismo cultural. Realizó estudios de Literatura en la Universidad Católica (Licenciatura) y el Doctorado en la Universidad de San Marcos. Fue Director del Instituto de investigaciones humanísticas, Decano de la Facultad de Letras y Ciencias Humanas, y es uno de los poetas más prolíficos y alabados del Perú, tanto por la crítica especializada como por sus lectores en general. Co-dirigió “Hipócrita Lector”.

Ha obtenido el Primer Premio en los Juegos Florales de la UNMSM en 1967; Premio Nacional de Poesía en 1969.

Ha publicado: Casa nuestra (1965), Cuaderno de quejas y contentamientos (1969), Donde no se ama (1974), Carpe diem (1979), Carpe diem/El silbo de los aires amorosos (1981), Cabellera de Berenice/Chevelure de Bérénice (1990), Muestra de arte rupestre (1990), Cabellera de Berenice (1992), Al leve reino (Obra poética 1965-1996) (1996), El mar de las tinieblas (1999)
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Contrariamente a sus compañeros de generación, como Hinostroza o Cisneros marcados por la tradición poética anglo-sajona, por la escritura de Mallarmé y de Brecht, Marco Martos está más cercano a los poetas italianos, como Ungaretti, Quasimodo y Montale, o a la poesía clásica española sin olvidar al Arcipreste de Hita. // Si, como sus compañeros, el poeta se encuentra disconforme con la realidad, está expresando esta disconformidad a través de un humor acre, en un lenguaje que, pese a su raigambre clásica, se puede considerar como lo menos intelectual posible, lo más concreto posible (...) // Lo que sorprende y agrada al mismo tiempo en la poesía de Marco Martos es el tierno efecto que consigue el poeta en la crítica social hablando de lo cotidiano (...) // Ocurre lo mismo cuando aborda el tema del aburrimiento, que proviene de la costumbre (...) // Cuando se interesa por el tópico del amor, Marco Martos le insufla al tema un nuevo aliento que le devuelve su virginidad original (...) // Poeta de gran oficio y destreza, Marco Martos le ha dado a lo cotidiano, a través de la crítica irónica y corrosiva, un verdadero estatuto literario.

Roland Forgues
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CASTI CONNUBI
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Cada mañana, marido y mujer, sentados y limpios,
comiendo tostadas, ruido de rata,
leyendo los diarios, matando las moscas,
hablando del clima, cada mañana,
esperan la noche, el hastío sexual:
fingirse dormidos, fingirse despiertos,
decirse palabras de libros de amor,
cada mañana, marido y mujer,
van al trabajo, regresan, almuerzan,
van al trabajo, regresan se acuestan,
gordos, lustrosos, años de años,
esperan la noche, matando tostadas,
matando las moscas, matando los diarios,
matando los climas, cada mañana, gordos,
payasos, esperan la noche, el hastío sexual:
fingirse dormidos, fingirse despiertos,
decirse palabras de libros de amor,
cada mañana, rata y rata, rata y rata.
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(De Cuaderno de quejas y contentamientos, 1969)